domingo, abril 08, 2012

Se cree que los "Merovingios" llevan sangre de oso y/o lagarto


-Historias afirman que en el "pasado los humanos (mujeres y varones) eran conscientes que al tener sexo con animales podrían resultar seres híbridos aunque sabían que era aberración y contra natura". De hecho seres inmigrantes de otros universos copularon con mortales terrícolas y este cruce originó la raza blanca humana- Científicos independientes afirman que los herederos de la monarquía, papas de Roma, emperadores y jerarcas, son humanoides como resultado de la copulación sexual entre mujeres terrícolas con seres dragones y serpientes (lagartos), provenientes de otras galaxias.


Historiadores e investigadores afirman que Caín (citado en la Biblia), fue el producto de la unión sexual entre Eva y un dragón que clonó su esperma en forma de serpiente sobre el vientre de la original Eva de los Merovingios. La teoria de los "hijos bastardos" por fuera del matrimonio, recae sobre Eva Merovingia, porque Adan sólo fue padre biológico de Abel con otra Eva de los primeros vivientes. La dinastia de los merovingios se originó en Cain por un lado y por el otro la genetica sexual proveniente de "Maria Magdalena"... "AL decir que vienen "de sangre azul" se afirma disimuladamente que son lagartos y/u osos y que sus primeros padres biológicos en su orden cronológico, tuvieron sexo con dragones y serpientes... El rival de Adan fue un animal macho dragón serpiente.... Otra teoría afirma que Eva (una de las madres de los vivientes merovingios), dice que ella "gustaba tener sexo con osos y lagartos a quienes conquistaba con manzanas dentro de lagunas y lagos construidos por extraterrestres"... Al comienzo a todas las mujeres se les llamaba Eva y/a todos los varones se les decía Adán...






Orígenes de los Merovingios: Meroveo (Mérovée) fue Rey de los Francos Salios. Era hijo de Clodion, Duque de de los Francos del Este y de Basina, Princesa de los Turingios. Nacio en el año 415 y murió en el 457/458. Meroveo se casó con Vérica, entre otras muchas, porque los Merovingios eran polígamos. Poco se conoce de la vida de Meroveo, el cual es citado por Gregorio de Tours en le Historia de los Francos y su nombre da origen a la estirpe de los Merovingios. Tomó parte en la Batalla de los Campos Cataláunicos (451), luchando en el lado de Ætius y rey visigodo Teodorico I, alcanzando la victoria frente al ejército Huno de Atila. Meroveo, inició un plan expansionista que le permitió incorporar la actual Bélgica y Alemania.



La polémica actual los sitúa, como descendientes de María Magdalena: La dinastía Merovingia, procede de las tribus de los sicambros, situados en territorios germánicos y que pronto empezaron a denominarse francos, cuando se desplazaron hasta la zona norte de la actual Francia. En el Siglo V, la invasión de los hunos, contra el Imperio Romano, provoca un vacío de poder, que aprovechan los sicambros, y se desplacen hacia Francia y Bélgica, concretamente las regiones de la Ardenas y Lorena, creando el reino de Australasia.

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Amparaban su entronque con la descendencia de Cristo, basándose en dos teorías:


1.- La tribu de Benjamín, a la que pertenecía María Magdalena, habría sido expulsada de Israel, desplazándose hacia "Arcadia" (parte de la actual Grecia, lo que antiguamente pudo ser Troya) y posteriormente, habrían subido hacia el Danubio y después se dirigieron hacia el Rhin, instalándose en los territorios germánicos, lo que actualmente , se denomina Alemania Occidental.


Los Merovingios se consideraban: •Descendientes de Noé. •Descendientes de los Troyanos. Ello, les ha llevado crear ciudades con nombre troyanos: Paris, Troyes... y al uso de otros muchos nombre de origen troyano.

2.- María Magdalena, arribó a las costas Francesas con su descendencia y entroncó con los Merovingios. María, natural de Magdala, conocida como María de Magdala o María Magdalena, es la Santa más citada por los Evangelistas. Superando en citas, a la madre de Jesús, la Virgen María.

Ello, hace suponer, que tuvo una importancia crucial en la vida de Jesús. Con certeza, sabemos que: •María de Magdala, era la hermana de Marta y Lázaro, el hombre a quien resucitó Jesús: Lázaro, levántate y anda.

•La mujer, de la que Jesús expulsó siete demonios. •La mujer, que lavo y seco con sus cabellos, los pies de Jesús. •Es la primera persona, a la que se aparece Jesús, después de resucitado. •En determinado pasajes, se dice, que Jesús, expulsó de María siete demonios.


Existen estudios, que nos ofrecen a María Magdalena, como conspiradora, para salvar a Jesús, de la muerte por Crucifixión. Los crucificados, tardaban dos o tres días en morir por asfixia, debido a las dificultades que se presenta al inspirar y expirar.

Era costumbre, acabar con la vida de los mismos, rompiéndoles las tibias y el cráneo. A Jesús, no le rompieron ningún hueso y la comprobación de su muerte, se realiza lanceándolo, en el lado derecho del costado.


Jesús, fue crucificado sobre las 11 de la mañana y cuando descuelgan el cuerpo, es alrededor de las 3 de la tarde, es decir, permaneció crucificado unas cuatro horas. Los defensores de estas teorías, argumentan, que la Magdalena y sus cómplices, entre los que se encontraban José de Arimatea, Nicodemo y otras importantes e influyentes personalidades, consiguieron sobornar a los guardianes: para retrasar la ejecución, de forma, que Jesús permaneciese el mínimo tiempo crucificado y administrarle las drogas que lo dormirían, para dar la sensación estar muerto. La famosa hiel con vinagre, que le acercan a la boca, seria un droga, que produce un profundo efecto de somnolencia.



El oso, era el símbolo totémico de los Merovingios. Es curioso que el Rey Arturo (Arthur) contemporáneo de los Merovingios, responda a las iniciales de: ARTH UR. en Galo ARTH= oso , en Latín URSUS= oso. Las abejas, eran un símbolo sagrado. Se han encontrado en las tumbas de Childerico. Es curioso, que Napoleón, las usara para su Coronación, cosidas al manto.


Los Merovingios, eran considerados la personificación y encarnación de de la Gracia de un Dios oso o dragón. Una figura similar a la de Jesús y quizás por ello, siempre alentaron la búsqueda y creación de vínculos que los emparenté, usando como vinculo a Maria Magdalena. En esta época se inicia la Leyenda del Santo Grial. A los descendientes de los merovingios, se les consideraban Reyes, sin necesidad de Ceremonia de Coronación, cuando cumplían 12 años.


Los Merovingios, eran Reyes que reinaban, pero no Gobernaba, eran realmente Reyes sacerdotes. Por ello fueron considerados Reyes Vagos y se les acusó de dedicarse a las artes esotéricas, lo que les valió el sobrenombre de Reyes Brujos o Taumaturgos. Eran Reyes o gobernantes Melenudos, pues creían, que su poder residía en el pelo y eran reacios a contárselo. También se decía, que llevaban una mancha a la altura del corazón, que les diferenciaba del resto de los mortales.


Los Merovingios eran polígamos y tenían harenes de grandes proporciones, aun cuando, el imperio merovingio, se convirtió al cristianismo, ellos continuaron con esa prerrogativa con el consentimiento de la Iglesia.





Árbol Genealógico de los Reyes Merovingios: LA CRIPTO DINASTÍA MEROVINGIA: LOS REYES PERDIDOS


Las sensacionales investigaciones con las que Gérard de Sède sorprendió al mundo, relativas al tesoro y los pergaminos que un cura de Rennes-le-Château, en Francia, encontró durante la restauración de su iglesia, dieron lugar a más de cuatrocientos artículos y ensayos. En algunos de ellos -como en la obra The Holy Blood and the Holy Grail, de Baigent, Leigh y Lincoln- se aventuraban hipótesis fascinantes: Descendientes directos de Jesús hasta nuestros días, rastreo de cátaros y templarios, complejas tramas de sociedades secretas... Veinte años después, en su obra Rennes-le-Château, De Sède se muestra prudente y en ocasiones extremadamente crítico a la hora de valorar el origen y contenido de ciertos documentos apócrifos, de autores fantasmas muchos de ellos, que aparecieron tras los hallazgos de Rennes-le-Château. Los periodistas británicos citados habían llevado a cabo una exhaustiva investigación cuyas conclusiones provocaron una extraordinaria polémica internacional, pues cuestionaban por completo la historia de nuestra civilización.



Benjamines-esenios-La Dinastía Merovingia:Los monarcas melenudos:


¿La Sangre Real? He aquí una hipótesis fascinante. Se ha tratado de probar por parte de algunos autores que todo este suceso está vinculado al pueblo judío y a los descendientes de Jesús de Nazaret. Se cita en primer lugar que en la zona hubo una gran presencia hebrea desde que emigraron a Arcadia, Sicilia, los Alpes y orillas del Rin los descendientes de la tribu judía de Benjamín. Ellos darían después lugar al llamado pueblo sicambro y guardarán relación con los reyes merovingios, que fueron siempre paganos desde Meroveo hasta Clodoveo. Su último monarca habría sido Dagoberto II, de quien se dice que fue asesinado en 679 en el lugar de Stenay. Con esa muerte se dio por extinguida la dinastía. Pero aparecen voces que niegan que fuera así. En realidad, afirman, tuvo un hijo llamado Sigeberto IV, que escapó de la muerte y fue puesto a buen recaudo por un tal Meroveo Levy, un sicambro, que le llevó a Rénnes-le- Château, de donde la madre de Sigeberto, Gisela, era En el interior de Villa Betania el párroco atendió a gentes venidas de toda Europa, interesados en su hallazgo. Naturalmente, de ser cierta esta versión, si había un descendiente de la monarquía merovingia ni la dinastía carolingia ni la posterior, de los Capetos, eran legítimas propietarias del trono francés. En todo caso, la leyenda prosigue diciendo que el superviviente Sigeberto IV, al que apodaron Plant Ard o “Retoño Ardiente”, se casó con la hija del rey visigodo Wamba y dio nombre al linaje de los condes del Razés, región de Rénnes, del que procedían los Blanchefort. Y ése sería el verdadero y legítimo linaje del trono francés. Toda esta historia toca, aunque de refilón, la presencia judía en el meollo de la cuestión. Pero el asunto se sigue envolviendo cada vez más y se acerca a Jesús de Nazaret -


Los monarcas melenudos. A estas alturas, desde luego, ya habíamos estudiado la dinastía merovingia. En la medida de lo posible, nos habíamos abierto paso a tientas a través de una neblina hecha de fantasía y oscuridad, una neblina todavía más opaca que la que envolvía a los cátaros y a los caballeros templarios. Durante meses habíamos tratado de deshacer una compleja maraña en la que la historia se entremezclaban con la fábula. Sin embargo, y a pesar de nuestros esfuerzos, los merovingios en su mayor parte seguían envueltos en el misterio. La dinastía merovingia nació de los sicambros, una tribu del pueblo germánico que recibía el nombre colectivo de «francos». Entre los siglos V y vil los merovingios gobernaron grandes extensiones de lo que actualmente son Francia y Alemania. El período de su ascendiente, que coincide con la época del rey Arturo, constituye el marco de los romances sobre el Santo Grial. Probablemente es el período más impenetrable de lo que en la actualidad se denomina «la Edad de las Tinieblas». Pero descubrimos que la Edad de las Tinieblas no había sido verdaderamente tenebrosa. Al contrario, pronto se hizo evidente que alguien la había oscurecido de forma premeditada. En la medida en que la Iglesia de Roma ejercía un auténtico monopolio del saber, y especialmente de la escritura, los testimonios que se conservaban representan ciertos intereses creados. Casi todo lo demás se había perdido... o había sido censurado. Pero de vez en cuando algo se deslizaba a través de la cortina que ocultaba el pasado y llegaba hasta nosotros a pesar del silencio oficial.


A partir de estos vestigios confusos podía reconstruirse una realidad: una realidad interesantísima que, además, discrepa de los dogmas de la ortodoxia. 220 La leyenda y los merovingios Nos encontramos con que diversos enigmas envolvían los orígenes de la dinastía merovingia. Generalmente pensamos que una dinastía es, por ejemplo, una familia o casa gobernante que no se limita a suceder a otra familia o casa de las mismas características, sino que su sucesión es fruto de haber desplazado, depuesto o suplantado a sus predecesores. Dicho de otro modo, las dinastías comienzan con algún tipo de golpe de Estado, el cual a menudo entraña la extinción del anterior linaje gobernante. La guerra de las Dos Rosas en Inglaterra, por ejemplo, señaló el cambio de una dinastía. Al cabo de más o menos un siglo, los Estuardo subieron al trono inglés, pero sólo después de extinguirse los Tudor. Y los propios Estuardo fueron depuestos forzosamente por las casas de Orange y Hannover. Sin embargo, en el caso de los merovingios, no hubo ninguna de estas transiciones violentas o bruscas, ninguna usurpación, ningún desplazamiento ni extinción de un régimen anterior. Al contrario, la casa a la que se dio en llamar merovingia parece ser que ya reinaba sobre los francos. Los merovingios ya eran reyes legítimos y reconocidos debidamente. Pero, a lo que parece, había algo especial en uno de ellos, tanto es así que confirió su nombre a toda la dinastía. El gobernante de quien los merovingios recibieron su nombre es sumamente elusivo y su realidad histórica ha quedado eclipsada por la leyenda. Meroveo (Merovech o Meroveus) fue una figura casi sobrenatural digna de los mitos clásicos. Hasta su nombre es testimonio de su origen y carácter milagrosos. Es un eco de la palabra francesa que significa «madre» y, además, de las palabras francesa y latina que significan «mar».

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El principal cronista franco y las tradiciones subsiguientes afirman que Meroveo fue hijo de dos padres. Cuando ya estaba embarazada por obra de su esposo, el rey Clodión, la madre de Meroveo se fue a nadar en el mar. Se dice que en el agua fue seducida o violada —o ambas cosas— por una criatura marina no identificada que llegó de allende los mares: «bestea Neptuni Quinotauri similis», una «bestia de Neptuno parecida a un Quinotauro», palabra esta última que no se sabe muy bien qué significa. Al parecer, esta criatura fecundó a la dama por segunda vez. Y, según se dice, Meroveo, al nacer, llevaba en sus venas una mezcla de dos sangres diferentes: la sangre de un gobernante franco y la de una misteriosa criatura acuática. Esta clase de leyendas fantásticas, huelga decirlo, son muy frecuentes, no sólo en el mundo antiguo, sino también en las tradiciones europeas de épocas posteriores. Por lo general, no son enteramente imaginarias, sino simbólicas o alegóricas y enmascaran algún hecho histórico concreto detrás de su fachada fabulosa. En el caso de Meroveo la fachada fabulosa bien podría indicar algún tipo de matrimonio entre parientes: una genealogía transmitida a través de la madre, como en el judaísmo, por ejemplo, o una mezcla de linajes dinásticos en virtud de la cual los francos pasaron a ser aliados de sangre de otro pueblo; muy posiblemente con una fuente de «allende el mar», una fuente que, por una u otra razón, las fábulas subsiguientes transformaron en una criatura marina. En todo caso, en virtud de esta sangre dual se dijo que Meroveo estaba dotado de una impresionante colección de poderes sobrehumanos. Y, sea cual fuere la realidad histórica que hay detrás de la leyenda, la dinastía merovingia siguió envuelta en un aura de magia, brujería y fenómenos sobrenaturales. Según la tradición, los monarcas merovingios eran adeptos ocultistas, iniciados en ciencias arcanas, practicantes de artes esotéricas, dignos rivales de Merlín, su fabuloso casi contemporáneo. A menudo los llamaban «los reyes brujos» o «los reyes taumaturgos». En virtud de alguna propiedad milagrosa que llevaban en la sangre, se les creía capaces de curar por imposición de manos; y, según una crónica, se consideraba que las borlas que adornaban los bordes de sus vestiduras poseían milagrosas propiedades curativas. Se decía que eran capaces de comunicarse de forma clarividente o telepática con las bestias y con el mundo natural que los rodeaba y que llevaban un poderoso collar mágico. También.se decía que poseían un hechizo arcano que los protegía y les daba una longevidad fenomenal (por cierto que la historia no parece confirmar esto último). Y se suponía que todos ellos llevaban una mancha de nacimiento que los distinguía de todos los demás hombres, les haría inmediatamente iden-tificables y atestiguaba su sangre semidivina sobre el corazón —curioso anticipo del blasón de los templarios— o entre los omóplatos. Asimismo, a los merovingios se les llamaba con frecuencia «los reyes melenudos».



Al igual que Sansón en el Antiguo Testamento, eran reacios a cortarse el pelo. Al igual que el de Sansón, su pelo contenía supuestamente su vertu, es decir, la esencia y el secreto de su poder. Fuera cual fuese la base de esta creencia en el poder del pelo de los merovingios, parece ser que se la tomaban muy en serio, incluso en el año 754 de nuestra era. Cuando Childerico III fue depuesto en aquel año y encarcelado, le cortaron ritualmente el pelo por orden expresa del papa. Por extravagantes que sean las leyendas que rodean a los merovingios, diríase que se apoyan en alguna base concreta, en alguna categoría de la que gozaban los monarcas merovingios durante su vida. De hecho, a los merovingios no se les consideraba como reyes en el sentido moderno de la palabra. Se les tenía por reyes-sacerdotes: encarnaciones de lo divino, algo parecido, pongamos por caso, a los faraones del antiguo Egipto. No gobernaban sencillamente por la gracia de Dios. Al contrario, según parece, eran considerados como la viva personificación y la encarnación de la gracia de Dios, categoría ésta que normalmente se reservaba exclusivamente para Jesús. Y, al parecer, se entregaban a rituales que eran más propios de sacerdotes que de reyes.



Así, por ejemplo, se han encontrado cráneos de monarcas merovingios que muestran en la coronilla lo que parece ser una incisión o agujero ritual. Incisiones parecidas se encuentran en los cráneos de sumos sacerdotes de los primeros tiempos del budismo tibetano. El objeto de tales incisiones era permitir que el alma escapara en el momento de la muerte, así como abrir el contacto directo con lo divino. Hay motivos para suponer que la tonsura clerical es un residuo de la práctica merovingia. En 1653 se encontró una importante tumba merovingia en las Ardenas: la tumba del rey Childerico I, hijo de Meroveo y padre de Clodoveo, el más famoso e influyente de todos los reyes merovingios. La tumba contenía armas, tesoros e insignias reales como era de esperar que hubiese en una sepultura real. También contenía objetos menos característicos de la realeza que de la magia, la brujería y la adivinación: la cabeza cercenada de un caballo, por ejemplo, una cabeza de toro hecha de oro y una bola de cristal.' Uno de los símbolos merovingios más sagrados era la abeja; y la sepultura del rey Childerico contenía no menos de trescientas abejas en miniatura hechas de oro macizo. Junto con el restante contenido de la tumba, estas abejas fueron confiadas a Leopold Wilhelm von Habsburg, a la sazón gobernador militar de los Países Bajos austríacos y hermano del emperador Fernando III.2 Al cabo de un tiempo la mayor parte del tesoro de Childerico fue devuelta a Francia. Y al ser coronado emperador en 1804, Napoleón insistió en que las abejas de oro fuesen cosidas a la vestimenta que llevó durante la ceremonia. Este incidente no fue la única manifestación del interés que los merovingios despertaban en Napoleón. Encargó a un tal abate Pichón que recopilase genealogías con el objeto de determinar si la estirpe merovingia había sobrevivido o no a la caída de la dinastía. Estas genealogías encargadas por Napoleón eran en gran parte la base de las genealogías de los «documentos Prieuré».



3 El oso de la Arcadia Las leyendas que envolvían a los merovingios resultaron ser dignas de la época del rey Arturo y de los romances sobre el Grial. Al mismo tiempo, constituían un tremendo obstáculo que se interponía entre nosotros y la realidad histórica que deseábamos explorar. Cuando por ñn conseguimos llegar a dicha realidad —o a los escasos residuos que quedaban de ella— nos encontramos con que era algo distinta de las leyendas. Pero no por ello era menos misteriosa, extraordinaria o evocadora. Encontramos poca información verificable sobre los verdaderos orígenes de los merovingios.


Ellos mismos afirmaban ser descendientes de Noé, al que consideraban, más incluso que a Moisés, como la fuente de toda la sabiduría bíblica, lo cual constituye una postura interesante que volvería a aflorar a la superficie mil años más tarde en la francmasonería europea. Los merovingios también afirmaban ser descendientes directos de la antigua Troya, lo cual, sea cierto o no, serviría para explicar el hecho de que en Francia existan nombres troyanos como Troyes y París.


Autores más contemporáneos —incluyendo los que escribieron los documentos Prieuré— se han esforzado por localizar el origen de los merovingios en la antigua Grecia y específicamente en la región conocida por la Arcadia. Según estos documentos, los antepasados de los merovingios estaban relacionados con la casa real de la Arcadia. En alguna fecha no especificada, próximo ya el advenimiento de la era cristiana, se supone que emigraron hacia el Danubio, subieron luego por el Rhin y se instalaron en lo que ahora es la Alemania occidental. Que los merovingios descendieran o no de Troya o de la Arcadia parece ahora un hecho secundario, y las dos pretensiones no son necesariamente contradictorias. Según Hornero, un contingente nutrido de arcadios estuvo presente en el sitio de Troya.



Según las primeras historias griegas, Troya fue, de hecho, fundada por colonos procedentes de la Arcadia. De paso, también vale la pena señalar que en la antigua Arcadia el oso era un animal sagrado, un tótem en el que se basaban cultos mistéricos y al que se ofrecían sacrificios rituales.4 A decir verdad, el nombre mismo de la Arcadia se deriva de «Arkades», que significa Pueblo del Oso. Los antiguos arcadios afirmaban ser descendientes de Arkas, la deidad patrona de la tierra, cuyo nombre también significa oso. Según los mitos griegos, Arkas era el hijo de Kallisto, una ninfa relacionada con Artemisa, la Cazadora. Para la mente moderna Kallisto es más conocida como la constelación Ursa Major, es decir, la Osa Mayor. Para los francos sicambros, antecesores de los merovingios, el oso gozaba de parecida categoría exaltada. Al igual que los antiguos arca-dios, éstos rendían culto al oso bajo la forma de Artemisa o, más específicamente, bajo la forma de su equivalente gálico, Arduina, diosa patrona de las Ardenas. El culto mistérico de Arduina persistir hasta bien entrada la Edad Media, siendo uno de sus centros la ciudad de Lunéville, no muy lejos de otros dos lugares que aparecen repetidamente en nuestra investigación: Stenay y Orval.


En 1304 la Iglesia todavía promulgaba estatutos que prohibía adorar a la diosa pagana.5 Dada la condición mágica, mítica y totémica que tenía el oso en la tierra merovingia de las Ardenas, no es extraño que el nombre Ursus —oso en latín— aparezca asociado en los documentos Prieuré con el linaje real merovingio. Un poco más extraño es el hecho de que la palabra gala que significa oso sea arth, de la que se deriva el nombre de «Arthur» (Arturo). Aunque de momento no seguimos investigando este aspecto, la coincidencia nos intrigó: que Arturo fuera,no sólo contemporáneo de los merovingios, sino también, al igual que ellos, que estuviera relacionado con el oso. Los sicambros entran en la Galia A principios del siglo v la invasión de los hunos provocó migraciones a gran escala de casi todas las tribus europeas. Fue en aquel momento cuando los merovingios —o, para ser más exactos, sus antepasados sicambros— cruzaron el Rhin y penetraron en masa en la Galia, instalándose en lo que ahora son Bélgica y la Francia septentrional, en las proximidades de las Ardenas. Un siglo después a esta región se le dio el nombre de reino de Austrasia. Y el corazón del reino de Austrasia era la actual Lorena. La entrada de los sicambros en la Galia no consistió en la irrupción de una horda de bárbaros salvajes y desaliñados. Al contrario, fue una cosa plácida y civilizada. Durante siglos los sicambros habían mantenido contactos estrechos con los romanos y, aunque eran paganos, no eran salvajes. De hecho, estaban bien versados en las costumbres y la administración romanas y seguían las modas de Roma. Algunos sicambros habían llegado a ser oficiales de alto rango en el ejército imperial. Algunos incluso habían llegado a ser cónsules romanos. Así pues, la entrada de los sicambros tuvo menos de asalto o invasión que de absorción pacífica. Y hacia las postrimerías del siglo v, cuando el imperio romano se derrumbó, los sicambros llenaron el vacío. No lo hicieron violentamente o empleando la fuerza. Conservaron las antiguas costumbres y cambiaron muy poco. Sin ningún tipo de trastorno asumieron el control del aparato administrativo que ya existía aunque estaba vacante. Por consiguiente, el régimen de los primeros merovingios se ajustó bastante al modelo del antiguo imperio romano. Meroveo y sus descendientes. Durante nuestra investigación encontramos alusiones a por lo menos dos figuras históricas que llevaban el nombre de Meroveo, y no acaba de estar claro a cuál de las dos atribuye la leyenda la descendencia de una criatura marina. Uno de los dos Meroveos era un caudillo sicambro que vivía en 417, combatió a las órdenes de los romanos y murió en 438. Por lo menos un experto moderno en este período ha sugerido que, de hecho, este Meroveo visitó Roma, donde causó gran sensación. Ciertamente existe un testimonio de la visita de un imponente jefe franco que llamaba la atención por su larga cabellera rubia. En 448 el hijo de este primer Meroveo, que llevaba el mismo nombre que su padre, fue proclamado rey de los francos en Tournai y reinó hasta su muerte, acaecida diez años más tarde. Puede que fuese el primer rey oficial de los francos como pueblo unido. Quizás en virtud de esto, o de lo que simboliza su fabuloso nacimiento dual, la dinastía que le sucedió ha sido llamada merovingia desde entonces.



Bajo los sucesores de Meroveo el reino de los francos floreció. No era la cultura tosca y bárbara que a menudo se imagina la gente. Al contrario, en muchos aspectos es comparable con la elevada civilización de Bizancio. En ella incluso se estimulaba el aprendizaje de la lectura y la escritura entre los seglares. Bajo los merovingios esta «culturización popular» estuvo más extendida de lo que estaría dos dinastías y quinientos años más tarde. Esta cultura se haya extensiva a los propios gobernantes, lo cual es de lo más sorprendente si tenemos en cuenta la tosquedad y la incultura de posteriores monarcas medievales. El rey Childerico, por ejemplo, que reinó durante el siglo vi, no sólo construyó lujosos anfiteatros de estilo romano en París y Soissons, sino que, además, era un consumado poeta que se enorgullece mucho de su arte. Y hay crónicas literales de sus conversaciones con autoridades eclesiásticas que reflejan una sutileza y una erudición extraordinarias, cualidades que no se suelen relacionar con un rey de aquella época. En muchas de estas conversaciones Childerico demuestra estar a la altura de sus interlocutores clericales e incluso les supera en ocasiones.6 Bajo el gobierno merovingio los francos eran brutales con frecuencia, pero no eran realmente un pueblo belicoso por naturaleza o inclinación. No eran como los vikingos, por ejemplo, ni como los vándalos, los visigodos o los hunos. Sus actividades principales eran la agricultura y el comercio. Prestaban mucha atención al comercio marítimo, especialmente en el Mediterráneo. Y los artefactos de la época merovingia reflejan una maestría artesanal que es verdaderamente asombrosa, tal como atestigua el buque encontrado en Sutton Hoo. La riqueza que acumularon los reyes merovingios fue enorme, incluso comparándola con la de épocas posteriores. Gran parte de esta riqueza consistía en monedas de oro de calidad soberbia, producidas por cecas reales en ciertos lugares importantes, incluyendo lo que ahora es la ciudad suiza de Sion. Se encontraron ejemplares de tales monedas en el buque encontrado en Sutton Hoo, y ahora pueden admirarse en el Museo Británico. Muchas de las monedas llevan una cruz distintiva de brazos iguales, idéntica a la que más adelante, durante las cruzadas, se adoptó para el reino franco de Jerusalén. Sangre real Aunque la cultura merovingia era tan moderada como sorprendentemente moderna, los monarcas que la presidieron eran otra historia. No eran típicos ni siquiera de los gobernantes de su propia época, pues la atmósfera de misterio y leyenda, de magia y de fenómenos sobrenaturales, los rodeó incluso cuando estaban vivos. Si las costumbres y la economía del mundo merovingio no se diferenciaban señaladamente de otras costumbres y economías del período, el aura que envolvía el trono y la estirpe real era una cosa singular. A los hijos de los merovingios no se les nombraba reyes. Al contrario, se les consideraba automáticamente como tales cuando cumplían doce años. No se celebraba ninguna ceremonia pública de unción, ninguna coronación del tipo que fuese. El poder era sencillamente asumido, como por derecho sagrado. Pero, si bien el rey era la autoridad suprema, jamás estuvo obligado —ni siquiera se esperó de él— que se ensuciase las manos con la mundanal tarea de gobernar. Era en esencia una figura «ritualizada», un rey sacerdote, y su papel no consiste necesariamente en hacer algo, sino simplemente en ser. En pocas palabras, el rey reinaba, pero no gobernaba. En este sentido, su condición se parecía un poco a la de la actual familia real británica. El gobierno y la administración se dejaban en manos de un funcionario cuya sangre no era real, el equivalente de un canciller, que ostentaba el título de «mayordomo de palacio». En su conjunto, la estructura del régimen merovingio tema muchas cosas en común con las modernas monarquías constitucionales. Incluso después de su conversión al cristianismo, los reyes merovingios, al igual que los patriarcas del Antiguo Testamento, fueron polígamos. A veces tenían harenes de proporciones orientales. Incluso cuando la aristocracia, bajo la presión de la Iglesia, se hizo rigurosamente monógama, la monarquía permaneció exenta.



Y la Iglesia, curiosamente, parece que aceptó esta prerrogativa sin protestar demasiado. Según un comentarista moderno: ¿Por qué sería [la poligamia] aprobada tácitamente por los mismos francos? Puede que nos encontremos en presencia de un antiguo uso de la poligamia en una familia real, una familia de tan alto rango que su sangre no podía ser ennoblecida por ningún casa miento, por ventajoso que fuese, ni degradada por la sangre de esclavos... Daba lo mismo que la reina fuese elegida entre los miembros de una dinastía real o entre las cortesanas.... La fortuna de la dinastía reposaba en su sangre y era compartida por todos los que llevaban tal sangre.7 Y, asimismo, Es posible que en los merovingios tengamos una dinastía de Heerkónige germánica procedente de una antigua familia de reyes del período de las migraciones.8 Pero, ¿cuántas familias pueden haber existido, en toda la historia del mundo, que disfrutan de semejante estado extraordinario y exaltado? ¿Por qué disfrutaban de él los merovingios? ¿Por qué su sangre fue investida de un poder tan inmenso? Estas preguntas seguían llenándonos de perplejidad. Clodoveo y su pacto con la Iglesia El más famoso de todos los reyes merovingios fue el nieto de Mero-veo, Clodoveo I, que reinó entre 481 y 511. El nombre de Clodoveo lo conocen todos los escolares franceses, pues fue durante su reinado que los francos se convirtieron al cristianismo. Y fue a través de Clodoveo que Roma empezó a instaurar su supremacía indiscutida en la Europa occidental, una supremacía a la que nadie desafiaría durante mil años. En 496 la Iglesia de Roma se encontraba en una situación precaria. Durante el siglo V su existencia misma se había visto seriamente amenazada. Entre 384 y 399 el obispo de Roma ya había comenzado a llamarse a sí mismo «papa», pero su categoría oficial no era mayor que la de cualquier otro obispo, además de ser muy distinta de la del papa en nuestros días. No era en ningún sentido el líder espiritual o la cabeza suprema de la cristiandad. Simplemente representaba un solo cuerpo de intereses creados, una de muchas formas divergentes de cristianismo, una forma que luchaba desesperadamente por la supervivencia contra multitud de cismas contrapuestos y de puntos de vista teológicos. Oficialmente, la Iglesia de Roma no tenía mayor autoridad que, pongamos por caso, la Iglesia celta, con la cual se encontraba constantemente a la greña. No tenía mayor autoridad que herejías como, por ejemplo, el arrianismo, que negaba la divinidad de Jesús e insistía en su humanidad. De hecho, durante gran parte del siglo V todos los obispados de la Europa occidental fueron amaños o estuvieron vacantes. Si la Iglesia de Roma quería sobrevivir, y aún más si deseaba imponer su autoridad, iba a necesitar el apoyo de un paladín, de una poderosa figura seglar que pudiera representarla. Si el cristianismo tenía que evolucionar de acuerdo con la doctrina de Roma, era necesario que esta doctrina fuese diseminada, puesta en práctica e impuesta por una fuerza seglar, una fuerza suficientemente poderosa para soportar, y acabar extirpando, el desafío de credos cristianos rivales. No es extraño que la Iglesia de Roma, en su momento más agudo de necesidad, recurriera a Clodoveo.



En 486 Clodoveo ya había incrementado significativamente la extensión de los dominios merovingios, saliendo de las Ardenas para anexionarse varios reinos y principados adyacentes, y venciendo a diversas tribus rivales. A resultas de ello, muchas ciudades importantes —por ejemplo, Troyes, Reims y Amiens— quedaron incorporadas a su reino. En el plazo de un decenio se hizo evidente que Clodoveo iba en camino de convertirse en el mayor potentado de la Europa occidental. La conversión y el bautismo de Clodoveo resultaron tener una importancia crucial para nuestra investigación. Más o menos en la época en que tuvieron lugar se escribió una crónica que recogía todos los detalles y pormenores. Al cabo de dos siglos y medio esta 228 crónica, titulada La vida de Saint Rémy, fue destruida y sólo quedaron unas cuantas páginas manuscritas sueltas. Y parece ser que fue destruida deliberadamente. Sin embargo, los fragmentos que se conservan atestiguan la importancia del asunto. Según la tradición, la conversión de Clodoveo fue súbita e inesperada y obra de la esposa del rey, Clotilde, ferviente devota de Roma que, al parecer, acosó a su esposo hasta que éste aceptó su fe. Posteriormente, Clotilde fue canonizada por sus esfuerzos. Se decía que en tales esfuerzos había sido guiada y ayudada por su confesor, san Rémy. Pero detrás de estas tradiciones hay una realidad histórica muy práctica y mundana. Cuando Clodoveo se convirtió al cristianismo y pasó a ser el primer rey católico de los francos, lo hizo para ganarse algo más que la aprobación de su esposa; además, poseía un reino mucho más tangible y sustancial que el reino de los cielos. Se sabe que en 496 tuvieron lugar varias entrevistas secretas entre Clodoveo y san Rémy. Inmediatamente después de ellas Clodoveo y la Iglesia de Roma ratificaron un acuerdo. Para Roma este acuerdo constituía un importante triunfo político. Garantiza la supervivencia de la Iglesia y la instauraría como suprema autoridad espiritual de Occidente. Consolidaría la categoría de Roma como igual a la fe ortodoxa griega con base en Constantinopla. Ofrecería la perspectiva de la hegemonía de Roma y un medio eficaz de extirpar las cabezas de hidra de la herejía. Y Clodoveo sería el medio de llevar a la práctica estas cosas: la espada de la Iglesia de Roma, el instrumento por medio del cual Roma impondría su dominación espiritual, el brazo seglar y la manifestación palpable del poder de Roma. A cambio de ello Clodoveo recibió el título de Novus Constantinus, es decir, «Nuevo Constantino. Dicho de otro modo, presidiría un imperio unificado, un Sacro Imperio Romano que sucedería al que supuestamente había sido creado bajo Constantino y que los visigodos y los vándalos habían destruido no mucho tiempo antes. Según un moderno experto en el período, Clodoveo, antes de su bautismo, fue fortalecido... por visiones de un imperio que sucedería al de Roma y que sería la herencia de la raza merovingia.9 Según otro autor moderno, Clodoveo debe convertirse ahora en una especie de emperador occidental, un patriarca para los germanos occidentales, reinando, pero no gobernando, sobre todos los pueblos y reyes.10 En pocas palabras, el pacto entre Clodoveo y la Iglesia de Roma tuvo una importancia trascendental para la cristiandad: no sólo para la de aquella época, sino también para la del milenio subsiguiente. Se consideró que el bautismo de Clodoveo señalaba el nacimiento de un nuevo imperio romano, un imperio cristiano, basado en la Iglesia de Roma y administrado, a nivel seglar, por la estirpe merovingia. Dicho de otro modo, se estableció un vínculo indisoluble entre la Iglesia y el estado, cada uno de los cuales prometió lealtad al otro, cada uno de los cuales se ató al otro a perpetuidad.



A guisa de ratificación de estevínculo, en 4% Clodoveo se permitió ser bautizado oficialmente por san Rémy en Reims. En el momento culminante de la ceremonia san Rémy pronunció sus famosas palabras: Milis depone colla, Sicamber, adora quod incendisti, incendi quod adorasti. (Inclina la cabeza humildemente, sicambro, venera lo que has quemado y quema lo que has venerado.) Es importante señalar que el bautismo de Clodoveo no fue una coronación, tal como a veces dan a entender los historiadores. La Iglesia no hizo rey a Clodoveo. Éste ya lo era y lo único que podía hacer la Iglesia era reconocerlo como tal. Al hacerlo, la Iglesia se ató oficialmente, no sólo a Clodoveo, sino también a sus sucesores; no a un solo individuo, sino a una estirpe. En este sentido, el pacto se parece a la alianza que Dios hace con el rey David en el Antiguo Testamento, un pacto que puede ser modificado, como en el caso de Salomón, pero no revocado, roto o traicionado. Y los merovingios no perdieron de vista este paralelo. Durante los restantes años de su vida Clodoveo cumplió plenamente los planes ambiciosos que Roma esperaba de él. Con eficiencia irresistible la fe fue impuesta por la espada; y con la sanción y el mandato espiritual de la Iglesia el reino franco se expandió hacia el este y hacia el sur, abarcando la mayor parte de la moderna Francia y gran parte de la moderna Alemania. Entre los numerosos adversarios de Clodoveo los más importantes eran los visigodos, que eran seguidores del cristianismo romano. Fue contra el imperio de los visigodos —que estaba situado a caballo de los Pirineos y por el norte llegaba hasta Toulouse— que Clodoveo dirigió sus campañas más asiduas y concertadas. En 507 derrotó decisivamente a los visigodos en la batalla de Vouillé. Poco después, Aquitania y Toulouse cayeron en manos de los francos.


El imperio de los visigodos situado al norte de los Pirineos se derrumbó ante la acometida de los francos. Desde Toulouse los visigodos se replegaron hacia Carcasona. Expulsados de Carcasona, instalaron su capital y último bastión en Razés, en Rhédae: actualmente el pueblode Rennes-le-Cháteau.


DagobertoII Clodoveo murió en 511 y el imperio que él había creado fue dividido, de acuerdo con la costumbre merovingia, entre sus cuatro hijos. Durante más de un siglo a partir de aquel momento la dinastía merovingia presidió varios reinos dispares y a menudo en lucha entre sí, mientras que las líneas de sucesión se enmarañaba cada vez más y crecía la confusión en lo referente a las pretensiones a los diversos tronos. La autoridad que otrora estuviera centralizada en Clodoveo fue difu minándose de manera progresiva, haciéndose más y más incompleta, a la vez que el orden secular iba degradándose. Intrigas, maquinaciones, secuestros y asesinatos políticos eran cada vez más frecuentes. Y los cancilleres de la corte o «mayordomos de palacio» acumulaban más y más poder, factor que a la larga contribuiría a la caída de la dinastía. Despojados de forma creciente de su autoridad, los últimos reyes merovingios han sido llamados con frecuencia les rois fainéant, es decir, los reyes holgazanes. La posteridad los ha estigmatizado despreciativamente como monarcas débiles e ineficaces, afeminados, manejables e impotentes a manos de consejeros astutos y arteros. Nuestra investigación reveló que este estereotipo no era rigurosamente exacto. Es cierto que las constantes guerras, vendettas y luchas encarnizadas hicieron que diversos príncipes se vieran sentados en el trono a una edad extremadamente tierna, por lo que eran fácilmente manipulados por sus consejeros. Pero los que lograron llegar a la edad viril demostraron ser tan fuertes y decididos como cualquiera de sus predecesores. Ciertamente, este parece que fue el caso de Dagoberto II. Dagoberto II nació en 651, heredero del reino de Austrasia. Al fallecer su padre en 656, se hicieron diversos intentos de impedir que subiera al trono. De hecho, los primeros años de Dagoberto parecen una leyenda medieval o un cuento de hadas. Pero son hechos históricos y bien documentados.11 Al morir su padre, Dagoberto fue raptado por el mayordomo de palacio que a la sazón gobernaba el reino, un individuo llamado Grimoald. Los intentos de encontrar al niño, que a la sazón tenía cinco años, resultaron infructuosos y no fue difícil convencer a la corte de que había muerto. Basándose en esto, Grimoald empezó a maquinar para que el trono lo ocupase su propio hijo, afirmando que éste había sido el deseo del monarca fallecido, es decir, el padre de Dagoberto. El ardid dio resultado. Hasta la madre de Dagoberto, creyendo que su hijo estaba muerto, cedió ante el ambicioso mayordomo de palacio. Sin embargo, parece ser que Grimoald no quiso llegar al extremo de asesinar al joven príncipe. Dagoberto había sido confiado en secreto al obispo de Poitiers. Al parecer, el obispo tampoco quiso asesinar al pequeño. Así pues, Dagoberto se vio exiliado permanentemente en Irlanda. Se hizo hombre en el monasterio irlandés de Slane,12 que no estaba lejos de Dublín; y allí, en la escuela adjunta al monasterio, recibió una educación que no hubiera podido recibir en la Francia de aquel tiempo. Se supone que en algún momento de este período asistió a la corte del rey de Tara. Y se dice que trabó conocimiento con tres príncipes de Northumberland, que también se estaban educando en Slane.



En 666, probablemente todavía en Irlanda, Dagoberto casó con Matilde, una princesa celta. Al cabo de poco tiempo pasó de Irlanda a Inglaterra y estableció su residencia en York, en el reino de Northumberland. Allí trabó íntima amistad con san Wilfrid, obispo de York, que pasó a ser su mentor. Durante el período en cuestión existía aún un cisma entre las iglesias romana y celta; esta última se negaba a reconocer la autoridad de la otra. En bien de la unidad, Wilfrid estaba empeñado en hacer que la Iglesia celta volviera al redil de Roma. Ya lo había conseguido con el famoso concilio de Whitby en 664. Pero puede que la amistad y la protección que posteriormente dispensó a Dagoberto II tuvieran algún motivo ulterior. En tiempos de Dagoberto la lealtad de los merovingios a Roma —tal como la había dictado el pacto de la Iglesia con Clodoveo siglo y medio antes— ya no era tan fervorosa como hubiese podido ser. Como fiel seguidor de Roma, Wilfrid ansiaba consolidar la supremacía romana, no sólo en Inglaterra, sino también en el continente. Si Dagoberto volvía a Francia y reclamaba el reino de Austrasia, era conveniente contar con su lealtad. Es posible que Wilfrid viera en el rey exiliado un posible y futuro brazo armado de la Iglesia. En 670 Matilde, la esposa celta de Dagoberto, murió al dar a luz su tercera hija. Wilfrid se apresuró a concertar un nuevo matrimonio para el recién enviudado monarca y en 671 Dagoberto contrajo segundas nupcias. Si su primera unión matrimonial tuvo importancia dinástica en potencia, la segunda aún tuvo más. La nueva esposa de Dagoberto era Giselle de Razés, hija del conde de Razés y sobrina del rey de los visigodos.13 Dicho de otro modo, la estirpe merovingia estaba ahora aliada con la estirpe real de los visigodos. Había en ello el germen de un imperio embrionario que hubiese unido gran parte de la Francia moderna y se hubiera extendido de los Pirineos a las Ardenas. Tal imperio, además, hubiera colocado a los visigodos —que seguían albergando fuertes tendencias arrianas— bajo el firme control de Roma. Al casarse con Giselle, Dagoberto ya había vuelto al continente. Según documentación existente, el matrimonio se celebró en la residencia oficial de Giselle, en Rhédae o, lo que es lo mismo, Rennes-le-Cháteau. De hecho, se dice que la boda se celebró en la iglesia de Saint Madeleine: la estructura en cuyo emplazamiento se erigiría más adelante la iglesia de Bérenger Sauniére. Del primer matrimonio de Dagoberto habían nacido tres hijas, pero ningún heredero varón,de Giselle tuvo Dagoberto otras dos hijas,y por fin en 676 Al parecer,durante unos tres años estuvo aguardando su momento en Rennes -le-Cháteau, observando las vicisitudes de sus dominios del norte. Finalmente, en 674, se le había presentado la oportunidad. Con el apoyo de su madre y de los consejeros de ésta, el monarca tanto tiempo exiliado reclamó su reino y fue proclamado oficialmente rey de Austrasia. Wilfrid de York tuvo que ver con su restauración. oportunidad. Con el apoyo de su madre y de los consejeros de ésta, el monarca tanto tiempo exiliado reclamó su reino y fue proclamado oficialmente rey de Austrasia. Wilfrid de York tuvo que ver con su restauración. Según Gérard de Sede, también tuvo que ver con ella una figura mucho más elusiva, mucho más misteriosa, sobre la cual hay poca información histórica: san Amatus, obispo de Sion en Suiza.



14 Una vez hubo recuperado el trono, Dagoberto no fue ningún roí fainéant. Al contrario, demostró ser un digno sucesor de Clodoveo. Emprendió en seguida la tarea de imponer y consolidar su autoridad, dominando la anarquía que imperaba en toda Austrasia y restableciendo el orden. Gobernó con firmeza, acabando con el control de varios nobles revoltosos que habían movilizado suficiente poder militar y económico para desafiar al trono. Y se dice que en Rennes-le-Cháteau reunió un tesoro nada despreciable. Estos recursos los utilizaría para financiar la reconquista de Aquitania,15 que se había separado de los merovingios unos cuarenta años antes y se había declarado principado independiente. Al mismo tiempo, Dagoberto debió de ser una gran decepción para Wilfrid de York, si éste esperaba de él que fuera el brazo armado de la Iglesia. Al contrario, parece que puso freno a los intentos de expansión de la Iglesia dentro de su reino, con lo que se granjeó la animosidad eclesiástica. Existe una carta de un prelado franco a Wilfrid condenando airadamente a Dagoberto por recaudar impuestos, por «escarnecer a las iglesias de Dios junto con sus obispos».16 Y no es este el único aspecto en que se indispuso Dagoberto con Roma. En virtud de su matrimonio con una princesa visigoda, Dagoberto había adquirido mucho territorio en lo que ahora es el Langue-doc. Puede que también adquiriese algo más. Los visigodos eran leales a la Iglesia de Roma sólo de modo nominal. En realidad, su lealtad a Roma era extremadamente tenue y la familia seguía siendo proclive al arrianismo. Hay datos que inducen a pensar que Dagoberto absorbió parte de dicha proclividad. En 679, después de tres años en el trono, Dagoberto ya se había creado diversos enemigos poderosos, tanto seglares como eclesiásticos. Al poner coto a su autonomía rebelde, había despertado la hostilidad de ciertos nobles vengativos. Al frustrar sus intentos de expansión, había provocado la antipatía de la Iglesia. Al instaurar un régimen eficaz y centralizado, había suscitado envidia y alarma entre otros potentados francos: los gobernantes de reinos adyacentes. Algunos de estos gobernantes contaban con aliados y agentes dentro del reino de Dagoberto. Uno de ellos era el mayordomo de palacio del propio rey. Pipino de Heristal. Y Pipino, alineándose clandestinamente con los enemigos políticos de Dagoberto, no era hombre al que repugna en la traición y el asesinato. Al igual que la mayoría de los gobernantes merovingios, Dagoberto tenía como mínimo dos capitales. La más importante de ellas era Ste-nay,17 situada al borde de las Ardenas. Cerca del palacio real de Stenay había una extensión de tierra muy boscosa que se llamaba el bosque de Woévres y que se consideraba sagrada desde hacía mucho tiempo. Según se dice, el 23 de diciembre de 679 Dagoberto se fue a cazar en dicho bosque. Dada la fecha, es posible que la caza fuera algún ritual. En todo caso, lo que ocurrió seguidamente despierta multitud de ecos arquetípicos, incluyendo el asesinato de Siegfried en Nibelungenlied. Sobre el mediodía el rey, vencido por la fatiga, se echó a descansar a la orilla de un arroyo, a los pies de un árbol. Mientras dormía, uno de sus sirvientes —se supone que su ahijado— se acercó furtivamente a él y, obedeciendo órdenes de Pipino, le clavó una lanza en un ojo. Después los asesinos regresaron a Stenay con la intención de exterminar al resto de la familia, que tenía allí su residencia. No está claro hasta qué punto lograron sus propósitos. Pero no hay duda de que el reinado de Dagoberto y su familia terminó de una forma brusca y violenta. Tampoco desperdició la Iglesia mucho tiempo en llorarles. Al contrario, no tardó en sancionar la actuación de los asesinos del rey. Incluso hay una carta de un prelado franco a Wilfrid de York que intenta racionalizar y justificar el regicidio.18 Tanto el cadáver de Dagoberto como su categoría póstuma sufrieron una serie de curiosas vicisitudes. Inmediatamente después de su muerte, fue enterrado en Stenay, en la capilla real de Saint Rémy. En 872 —casi dos siglos más tarde— el cadáver fue exhumado y trasladado a otra iglesia. Esta nueva iglesia se convirtió en la de San Dagoberto, pues en aquel mismo año el rey muerto fue canonizado, no por el papa (que no reivindicó este derecho en exclusiva hasta 1159), sino por un cónclave metropolitano. El motivo de la canonización de Dagoberto sigue sin haberse aclarado. Según una fuente, obedeció a que se creía que sus reliquias habían protegido a Stenay y sus inmediaciones contra los ataques de los vikingos, aunque esta explicación comete petición de principio, pues, para empezar, no está claro por qué las reliquias poseían tales facultades. Las autoridades eclesiásticas dan muestra de ignorancia y confusión a este respecto. Reconocen que Dagoberto, por el motivo que fuese, pasó a ser objeto de un culto en toda la regla y a tener su propia festividad: el 23 de diciembre, aniversario de su muerte.19 Pero no tienen la menor idea de por qué se le ensalzó de esta manera. Es posible, por supuesto, que la Iglesia se sintiera culpable a causa del papel que desempeñó en el asesinato del monarca. Por consiguiente, cabe la posibilidad de que la canonización de Dagoberto fuese un intento de expiar su culpa. Sin embargo, de ser así, no hay ninguna indicación de por qué se consideró que este gesto era necesario ni de por qué tuvo que esperar dos siglos. Stenay, la iglesia de San Dagoberto y quizá las reliquias que la misma contenía fueron consideradas como muy importantes por diversas figuras ilustres en los siglos subsiguientes. En 1069, por ejemplo, el duque de Lorena —el abuelo de Godofredo de Bouillon— concedió protección especial a la iglesia y la colocó bajo los auspicios de la cercana abadía de Gorze. Unos años después un noble de la localidad se apropió de la iglesia. En 1093 Godofredo de Bouillon movilizó un ejército y puso sitio a Stenay con el único propósito, al parecer, de recuperar la iglesia y devolverla a la abadía de Gorze. Durante la revolución francesa la iglesia fue destruida y las reliquias de san Dagoberto, como tantas otras de toda Francia, fueron dispersadas. Hoy día en un convento de Mons se conserva un cráneo con una incisión ritual que, según se dice, es el de Dagoberto. Las demás reliquias del rey han desaparecido en su totalidad. Pero a mediados del siglo XIX salió a la luz un documento curiosísimo. Se trataba de un poema, una letanía de veintiún versos, titulada «De sancta Dagoberto martyre prose», lo que daba a entender que Dagoberto sufrió martirio por algo. Se cree que el citado poema data cuando menos de la Edad Media, posiblemente de mucho antes. Lo que es significativo es que fuera hallado en la abadía de Orval.20 La usurpación por parte de los carolingios Hablando en rigor, Dagoberto no fue el último gobernante de la dinastía merovingia. De hecho, los monarcas merovingios conservaron cuando menos su categoría nominal durante otros tres cuartos de siglo. Pero estos últimos merovingios justifican el apelativo de rois fainéants. Muchos de ellos eran jovencísimos y, por ende, a menudo débiles, peones impotentes en manos de los mayordomos de palacio, incapaces de imponer su autoridad o de tomar decisiones por iniciativa propia. En realidad, apenas si eran algo más que víctimas; y bastantes de ellos fueron sacrificados. Asimismo, los últimos merovingios pertenecían a ramas menores en lugar de ser vástagos del linaje principal de descendientes de Clo-doveo y Meroveo. El linaje principal de descendencia merovingia había sido depuesto con Dagoberto II. Así pues, a todos los efectos puede considerarse que el asesinato de Dagoberto señaló el final de la dinastía merovingia. Al morir Childerico III en 754, fue una mera formalidad en lo que respecta al poder dinástico. Como gobernantes de los francos, la estirpe merovingia en realidad se había extinguido mucho antes. A medida que se escurría de entre las manos de los merovingios, el poder iba pasando a las de los mayordomos de palacio. Este proceso ya había empezado antes del reinado de Dagoberto. Fue un mayordomo de palacio, Pipino de Heristal quien maquinó el asesinato de Dagoberto. A Pipino de Heristal le siguió su hijo, Pipino II. Y a Pipino II le siguió su hijo, el famoso Carlos Martel. A los ojos de la posteridad Carlos Martel es una de las figuras más heroicas de la historia de Francia. Desde luego, los elogios que se le han tributado tienen cierto fundamento. Carlos Martel detuvo la invasión árabe de Francia en la batalla de Poitiers en 732, y debido a su victoria, fue en cierto sentido tanto «defensor de la fe» como «salvador de la cristiandad». 236 Lo curioso es que Carlos Martel, pese a ser un hombre fuerte, nunca llegó a apoderarse del trono, que ciertamente estaba a su alcance. De hecho, da la impresión de que contemplaba el trono con cierto temor supersticioso y, con toda probabilidad, como una prerrogativa específicamente merovingia.



Por supuesto, los sucesores de Carlos Martel, que sí se apoderaron del trono, hicieron lo imposible por establecer su legitimidad casándose con princesas mero-vingias. Carlos Martel murió en 741. Diez años más tarde su hijo, Pipino III, mayordomo de palacio del rey Childerico III, obtuvo el apoyo de la Iglesia a su petición oficial del trono. «¿Quién debería ser rey?», preguntaron al papa los embajadores de Pipino. «¿El hombre que realmente tiene poder o aquel que, pese a llamarse rey, no tiene ni pizca de poder?» El papa se pronunció en favor de Pipino. Valiéndose de la autoridad apostólica, ordenó que Pipino fuese nombrado rey de los francos, lo cual era una flagrante violación del pacto ratificado con Clodoveo dos siglos y medio antes. Contando con la sanción de Roma, Pipino depuso a Childerico III, lo confinó en un monasterio y —para humillarle, para privarle de sus «poderes mágicos» o para ambas cosas— ordenó que le cortasen la cabellera, que era sagrada. Al cabo de cuatro años Childerico murió y ya nadie pudo disputarle el trono a Pipino.21 Un año antes y de forma conveniente había aparecido un documento crucial que más adelante cambiaría el curso de la historia de Occidente. Este documento era llamado la «Donación de Constantino». Hoy en día no existe la menor duda de que se trataba de una falsificación perpetrada —sin mucha habilidad— por la cancillería pontificia. En aquel tiempo, sin embargo, se consideró que era auténtico y su influencia fue enorme. La «Donación de Constantino» pretendía datar de la supuesta conversión de Constantino al cristianismo en 312. Según el documento, Constantino había dado oficialmente al obispo de Roma sus símbolos e insignias reales, que, por ende, pasaron a ser propiedad de la Iglesia. Además, la «Donación» alegaba que Constantino, por primera vez, había declarado que el obispo de Roma era el «Vicario de Cristo» y que le había ofrecido la categoría de emperador. En calidad de «Vicario de Cristo», el obispo supuestamente había devuelto las insignias imperiales a Constantino, que a partir de aquel momento las llevó con sanción y permiso eclesiásticos: más o menos a modo de préstamo. Las implicaciones de este documento son bastante claras. Según la «Donación de Constantino», el obispo de Roma ejercía la suprema autoridad, tanto secular como espiritual, sobre la cristiandad. Era, de hecho, un emperador pontificio que podía disponer a su antojo de la corona imperial, que podía delegar su poder o cualquier aspecto del mismo del modo que juzgara conveniente. Dicho de otro modo, poseía, a través de Cristo, el derecho indiscutible de nombrar o deponer reyes. Es de la «Donación de Constantino» de donde procede en esencia el poder subsiguiente del Vaticano en los asuntos seculares. La Iglesia, basando su autoridad en la «Donación de Constantino», utilizó su influencia a favor de Pipino III. Inventó una ceremonia en virtud de la cual podía hacerse sagrada la sangre de los usurpadores o, para el caso, de cualquier otra persona. A esta ceremonia dio en llamársele «coronación y unción», tal como dichos términos se interpretaron durante la Edad Media y luego hasta bien entrado el Renacimiento. En la coronación de Pipino se autorizó por primera vez la asistencia de obispos, con rango igual al de los nobles seculares. Y la coronación propiamente dicha ya no entrañaba el reconocimiento de un rey, o un pacto con un rey. A partir de ahora consistiría nada menos que en el nombramiento de un rey. El ritual de la unción fue transformado de forma parecida. Antes, en los casos en que se practicaba, era una investidura ceremonial, un acto de reconocimiento y ratificación. A partir de este momento, sin embargo, adquirió un significado nuevo. Tenía precedencia sobre la sangre y, por así decirlo, podía santificarla «mágicamente». La unción pasó a ser algo más que un gesto simbólico. Se convirtió en el acto literal en virtud del cual la gracia divina era conferida a un gobernante. Y el papa, al ejecutar este acto, pasaba a ser el supremo mediador entre Dios y los reyes. Mediante el ritual de la unción, la Iglesia se arrogaba el derecho de hacer reyes. La sangre era ahora subordinada del aceite. Y todos los monarcas pasaban a ser en esencia subordinados del pontífice. En 754 Pipino III fue ungido oficialmente en Ponthion, inaugurando así la dinastía carolingia. El nombre tiene su origen en Carlos Martel, aunque generalmente se asocia con el más famoso de los gobernantes carolingios: Carlos el Grande, Carolus Magnus o, como mejor se le conoce, Carlomagno. Y en 800 Carlomagno fue proclamado Sacro Emperador Romano, título que, en virtud del pacto con Clodoveo tres siglos antes, hubiera tenido que reservarse exclusivamente para el linaje merovingio. Roma se transformó en la sede de un imperio que abarcaba la totalidad de la Europa occidental y cuyos emperadores gobernaban únicamente con la sanción del papa. 237 En 496 la Iglesia se había comprometido a perpetuidad con la estirpe merovingia. Al sancionar el asesinato de Dagoberto, al inventar las ceremonias de la coronación y la unción, al apoyar la pretensión de Pipino al trono, traicionó el pacto. Al coronar a Carlomagno hizo que su traición no sólo fuera pública, sino también un hecho consumado. Tal como dice una autoridad moderna: Por tanto, no podemos estar seguros de que la unción con crisma de los carolingios tuviera por objeto compensar la pérdida de propiedades mágicas de la sangre simbolizada por el pelo largo. Si compensaba alguna cosa, probablemente era la pérdida de fe en que se incurrió al infringir el juramento de fidelidad de una forma especialmente escandalosa.22 Y asimismo, «Roma mostró el camino al proporcionar con la unción un rito para hacer reyes... que de un modo u otro limpiaba la conciencia de "todos los francos"».



23 No todas las conciencias, sin embargo. Parece ser que los usurpadores mismos sintieron, si no culpabilidad, al menos una gran necesidad de establecer su legitimidad. A tal efecto Pipino III, inmediatamente antes de su unción, se había casado ostentosamente con una princesa merovingia. Y lo mismo hizo Carlomagno. Además, parece ser que Carlomagno era muy consciente de la traición que representaba su coronación. Según las crónicas contemporáneas, la coronación fue un acto cuidadosamente ensayado, maquinado por el papa a espaldas del monarca franco; y, al parecer, Carlomagno se sintió tan sorprendido como profundamente turbado. De manera clandestina, ya se había preparado una corona de algún tipo. Carlomagno había sido atraído hacia Roma y, una vez allí, persuadido a asistir a una misa especial. Al ocupar su lugar en la iglesia, el papa, sin advertencia alguna, colocó una corona sobre la cabeza del monarca franco, al mismo tiempo que el populacho le aclamaba como «Carlos, Augusto, coronado por Dios, el emperador grande y amante de la paz de los romanos». Citando las palabras de un cronista de la época, Carlomagno «dejó bien sentado que no hubiese entrado en la catedral aquel día, pese a ser la más grande de todas las festividades de la Iglesia, si hubiera sabido de antemano lo que el papa se proponía hacer».


24 Pero, fuese cual fuere la responsabilidad que Carlomagno tuvo en el asunto, lo cierto es que se infringió desvergonzadamente el pacto que se había establecido con Clodoveo y la estirpe merovingia. Y todas nuestras investigaciones indican que la traición, pese a haber ocurrido más de 1100 años antes, seguía escociendo a la Prieuré de Sion. Mathieu Paoli, el investigador independiente al que aludimos en el capítulo anterior, sacó una conclusión parecida: Para ellos [la Prieuré de Sion] la única nobleza auténtica es la de origen visigodo/merovingio. Los carolingios, luego todos los demás, no son más que usurpadores. En efecto, no eran más que funcionarios del rey, encargados de administrar las tierras, que, después de transmitir por herencia su derecho a gobernar estas tierras, pura y sencillamente se apropiaron del poder. Al consagrar a Carlomagno en el año 800, la Iglesia perjuró, pues había firmado; en el momento del bautismo de Clodoveo, una alianza con los me-rovingios que había hecho de Francia la hija mayor de la Iglesia.25 238 La exclusión de Dagoberto II de la historia Con el asesinato de Dagoberto II en 679 terminó a todos los efectos la dinastía merovingia. Con la muerte de Childerico III en 755 los merovingios parecieron desaparecer por completo del escenario de la historia mundial. No obstante, según los «documentos Prieuré», en realidad' la estirpe merovingia sobrevivió. Según dichos documentos, fue perpetuada hasta nuestros días, a partir del infante Sigisberto IV, es decir, el hijo de Dagoberto y de su segunda esposa, Giselle de Razés. No cabe la menor duda de que Sigisberto existió y de que era el heredero de Dagoberto. Según todas las fuentes excepto los «documentos Prieuré», con todo, no está claro lo que fue de él. Ciertos cronistas han supuesto tácitamente que fue asesinado junto con su padre y otros miembros de la familia real. Una crónica sumamente sospechosa afirma que murió debido a un accidente de caza uno o dos años antes de la muerte de su padre. Si eso es cierto, Sigisberto debió de ser un cazador precoz, pues en aquel momento no podía tener más de tres años de edad. No hay absolutamente ningún testimonio de la muerte de Sigisberto. Tampoco lo hay — aparte de lo que dicen los «documentos Prieuré»— de que sobreviviera. Da la impresión de que todo el asunto se ha perdido en «las brumas del tiempo» y de que nadie se ha preocupado mucho por ello, excepto, naturalmente, la Prieuré de Sion. En todo caso, Sion parecía estar enterada de cierta información que no se encontraba en ninguna otra parte; o que se consideraba demasiado insignificante para justificar una investigación; o que había sido suprimida deliberadamente. No ha de extrañarnos que no nos haya llegado ninguna crónica del destino de Sigisberto. Hasta el siglo XVII no estuvo a disposición del público ni siquiera una crónica de Dagoberto. En algún momento dado de la Edad Media, al parecer, se llevó a cabo un intento sistemático de borrar a Dagoberto de la historia, de negar que hubiera existido alguna vez. Hoy día a Dagoberto II se le puede encontrar en cualquier enciclopedia. Sin embargo, hasta 1646 no había absolutamente ningún reconocimiento de que hubiese existido jamás.26 Cualquier lista o genealogía de gobernantes franceses recopilada antes de 1646 sencillamente omite su nombre, saltando (a pesar de la flagrante incongruencia) de Dagoberto I a Dagoberto III, uno de los últimos monarcas merovingios, que falleció en 715. Y hasta 1655 no volvió Dagoberto II a ocupar un lugar en las listas de reyes franceses. En vista de este proceso de eliminación, no nos sorprendimos demasiado al constatar la escasez de información relativa a Sigisberto. Y no pudimos por menos de sospechar que la información que existiera había sido suprimida deliberadamente. Pero nos preguntamos por qué habrían borrado a Dagoberto II de a historia. ¿Qué se pretendía ocultar con semejante eliminación? ¿Por qué se desearía negar la existencia misma de un hombre? Una posibilidad, huelga decirlo, es porque de esta forma se niega también la existencia de sus herederos. Si Dagoberto nunca existió, tampoco pudo existir Sigisberto. Pero ¿por qué habría tenido importancia, llegados ya al siglo XVII, negar la existencia de Sigisberto? A no ser que verdaderamente hubiese sobrevivido y a sus descendientes se les siguiese considerando como una amenaza. Nos pareció claro que estábamos ante algún tipo de «encubrimiento».


Era patente que existían intereses creados que tenían algo importante que perder si se sabía que Sigisberto había existido. Diríase que en el siglo IX, y puede que todavía en la época de las cruzadas, estos intereses eran la Iglesia de Roma y el linaje real francés. Pero ¿por qué el asunto tendría aún importancia en la época de Luis XIV? Sin duda a semejantes alturas sería un asunto secundario, pues tres dinastías francesas habían ocupado el trono en el ínterin, a la vez que el protestantismo había roto la hegemom'a de Roma. A menos que en verdad hubiese algo muy especial en la sangre merovingia. No «propiedades mágicas», sino otra cosa, algo que conservaba su potencia explosiva incluso después de que la superstición sobre la sangre mágica hubiera sido desechada. 239 El príncipe Guillem de Gellone, conde de Razes Según los «documentos Prieuré», Sigisberto IV, al morir su padre, fue rescatado por su hermana y llevado a escondidas al sur donde estaba el dominio de su madre, la princesa visigoda Giselle de Razés. Se dice que Sigisberto llegó al Languedoc en 681 y que, poco después de su llegada, adoptó —o heredó— los títulos de su tío: duque de Razés y conde de Rhédae. También se dice que adoptó el apellido, o apodo, de «Plant-Ard» (que luego se transformaría en Plantard), derivado del apelativo «réjeton ardent»: «vastago que florece ardientemente» de la vid merovingia. Bajo este nombre, y bajo los títulos adquiridos de su tío, se dice que perpetuó su linaje. Y en 886 una rama de dicho linaje culminó, según se dice, en cierto Bernard Plantavelu —nombre que, al parecer, se deriva de Plant-ard o Plantard— cuyo hijo se convirtió en el primer duque de Aquitania. Según nuestros datos, ningún historiador independiente había confirmado o puesto en duda estas afirmaciones. Sencillamente no se había prestado la menor atención al asunto. Pero las pruebas circunstanciales indicaban de modo persuasivo que Sigisberto realmente sobrevivió y perpetuó su linaje. La eliminación asidua de Dagoberto de la historia da credibilidad a esta conclusión. Negando su existencia, se habría invalidado cualquier línea de descendencia que partiera de él. Esto constituye una motivación para hacer algo que por lo demás resulta inexplicable. Entre los otros fragmentos de información hay un documento fechado en 718, relativo a la fundación de un monasterio —a pocos kilómetros de Rennes-le- Cháteau— por «Sigebert, Comte de Rhédae y su esposa, Magdala».27 Aparte de este documento, no hay ninguna otra noticia sobre los títulos de Rhédae o Razés durante otro siglo. Sin embargo, cuando uno de ellos reaparece es en un contexto interesantísimo. En 742 había ya en el sur de Francia un estado independiente y plenamente autónomo: un principado según algunas crónicas y un reino con todas las de la ley según otras. La documentación es esquemática y la historia sólo dice vaguedades sobre él —de hecho, la mayoría de los historiadores desconocen su existencia—, pero no cabe la menor duda de su realidad. Fue reconocido oficialmente por Carlo-magno y sus sucesores, así como por el califa de Bagdad y el mundo islámico. También fue reconocido por la Iglesia, aunque a regañadientes, ya que dicho Estado había confiscado algunas de sus tierras. Y sobrevivió hasta finales del siglo ix. En algún momento situado entre 759 y 768 el gobernante de dicho Estado —que incluía Razés y Rennes-le-Cháteau— fue nombrado oficialmente rey. A pesar de la desaprobación de Roma, fue reconocido como tal por los carolingios, a quienes se vinculó en calidad de vasallo. En las crónicas existentes figura con mayor frecuencia bajo el nombre de Teodorico o Thierry. Y la mayoría de los eruditos modernos opinan que era descendiente de los merovingios. 28 No hay ninguna prueba definitiva del posible origen de tal descendencia. Bien podría derivarse de Sigisberto. En todo caso, no hay ninguna duda de que en 790 el hijo de Teodorico, Guillem de Gellone, ostentaba el título de conde de Razés, esto es, el título que, según se dice, poseía Sigisberto, el cual lo transmitió a sus descendientes. Guillem de Gellone fue uno de los hombres más famosos de su tiempo, tanto es así, de hecho, que su realidad histórica —al igual que la de Carlomagno y la de Godofredo de Bouillon— se ha visto oscurecida por la leyenda. Antes de la época de las cruzadas, se compusieron como mínimo seis poemas épicos sobre él, chansons de geste parecidas a la famosa Chanson de Roland. En la Divina comedia Dante le otorgó una categoría singularmente ensalzada. Pero incluso antes de Dante, Guillem había vuelto a ser objeto de atención literaria. A principios del siglo XIII figuró como protagonista de Willehalm, un romance épico inacabado que escribió Wolfram von Eschenbach, cuya obra más famosa, Parzival, es probablemente el más importante de todos los romances que se ocupan de tos misterios del Santo Grial. A nosotros nos pareció un tanto curioso al principio que Wolfram —la totalidad de cuya obra restante se ocupa del Grial, de la «familia del Grial» y del linaje de la «familia del Grial»— se dedicase de pronto a escribir sobre un tema tan radicalmente distinto como es el de Guillem de Gellone.



Por otro lado, Wolfram manifestaba en otro poema que el «castillo del Grial», morada de la «familia del Grial», estaba situado en los Pirineos: en lo que, en los inicios del siglo ix, era el dominio de Guillem de Gellone. Guillem mantenía una relación estrecha con Carlomagno. De hecho, su hermana estaba casada con uno de los hijos de Carlomagno, por lo que existía un vínculo dinástico con la sangre imperial. Y el propio Guillem fue uno de los principales comandantes de Carlomagno en sus guerras incesantes contra los moros. En 803, poco después de la coronación de Carlomagno como Sacro Emperador Romano, Guillem conquistó Barcelona, doblando así su propio territorio y extendiendo su influencia a través de los Pirineos. Tan agradecido estaba 240 Carlomagno por sus servicios que confirmó su principado como institución permanente. El documento que ratifica esta confirmación se ha perdido o ha sido destruido, pero hay testimonios abundantes de su existencia. Autoridades independientes e irrefutables han proporcionado genealogías detalladas del linaje de Guillem de Gellone, es decir, de su familia y de sus descendientes.29 Sin embargo, estas fuentes no proporcionan ninguna indicación de los antecedentes de Guillem, con excepción de su padre, Teodorico. En pocas palabras, los orígenes verdaderos de la familia se hallaban envueltos en el misterio. Y los eruditos e historiadores contemporáneos generalmente se muestran algo desconcertados ante la enigmática aparición, como por combustión espontánea, de una casa noble tan influyente. Pero, en todo caso, una cosa es segura. En 886 el linaje de Guillem de Gellone había culminado en cierto Bernard Plantavelu, que fundó el ducado de Aquitania. Dicho de otro modo, el linaje de Guillem culminó precisamente en el mismo individuo que el linaje que los «documentos Prieuré» atribuyen a Sigis-berto IV y sus descendientes. Huelga decir que estuvimos tentados de sacar conclusiones precipitadas y utilizar las genealogías de los «documentos Prieuré» para cubrir el hueco que dejaba la historia aceptada. Estuvimos tentados de suponer que los elusivos progenitores de Guillem de Gellone eran Dago-berto II y Sigisberto IV y el linaje principal de la depuesta dinastía merovingia: el linaje que en los «documentos Prieuré» se cita bajo el nombre de Plant-Ard o Plantard. Desgraciadamente, no pudimos hacerlo. Dada la confusión que muestran los testimonios existentes, nos fue imposible establecer de modo definitivo la relación precisa entre el linaje Plantard y el linaje de Guillem de Gellone. A decir verdad, puede que fueran el mismo. Por otro lado, cabía la posibilidad de que en algún momento se hubiesen celebrado matrimonios entre miembros de los dos linajes. Con todo, lo que seguía siendo indudable era que en 886 ambos linajes ya habían culminado en Bernard Plantavelu y los duques de Aquitania. Aunque no siempre concordaban exactamente en las fechas y la traducción de los nombres, las genealogías relacionadas con Guillem de Gellone constituían cierta confirmación independiente de las genealogías de los «documentos Prieuré». Por consiguiente, podíamos aceptar de modo provisional, a falta de pruebas en sentido contrario, que el linaje merovingio sí continuó, más o menos tal como afirmaban los «documentos Prieuré». Podíamos aceptar provisionalmente que Sigisberto sobrevivió al asesinato de su padre, que adoptó el apellido Plantard y que, como conde de Razés, perpetuó el linaje de su padre. 241 El príncipe L'rsus En 886, por supuesto, el «vastago floreciente de la vid merovin-gia» ya había devenido en un amplio y complicado árbol genealógico. Bernard Plantavelu y los duques de Aquitania constituían una de sus ramas. Había otras ramas también. Así, los «documentos Prieuré» declaran que Sigisberto VI, el nieto de Sigisberto IV, era conocido con el nombre de «príncipe Ursus». Entre 877 y 879 el «príncipe Ursus», según se dice, fue proclamado oficialmente «rey Ursus». Con la ayuda de dos nobles —Bernard de Auvergne y el marqués de Go-thie— protagonizó una insurrección contra Luis II de Francia en un intento de recuperar su patrimonio legítimo. Historiadores independientes confirman que tal insurrección tuvo realmente lugar entre 877 y 879. Estos mismos historiadores aluden a Bernard de Auvergne y al marqués de Gothie. No dicen específicamente que el líder o instigador de la insurrección fuese Sigisberto VI. Pero hay alusiones a un individuo llamado el «príncipe Ursus». Asimismo, se sabe que el «príncipe Ursus» participó en una curiosa y complicada ceremonia en Nimes, en la cual quinientos eclesiásticos reunidos cantaron el tedeum.30 A juzgar por todas las crónicas de dicha ceremonia, parece que ésta fue una coronación. Es muy posible que fuera la coronación a la que aludían los «documentos Prieuré»: la proclamación del «príncipe Ursus» como rey. Una vez más, los «documentos Prieuré» recibían confirmación independiente. Una vez más parecían basar sus afirmaciones en datos que no podían encontrarse en ninguna otra parte: datos que complementaban, y a veces incluso ayudaban a explicar cesuras de la historia aceptada. Al parecer, en este caso nos habían dicho quién era en realidad el elusivo «príncipe Ursus»: el descendiente por línea directa, a través de Sigisberto IV, del asesinado Dagoberto II. Y la insurrección, a la que hasta el momento los historiadores no le habían encontrado sentido, podía considerarse ahora como un intento perfectamente comprensible, por parte de la depuesta dinastía merovingia, de recuperar el patrimonio que le fue conferido por Roma mediante el pacto con Clodoveo que la propia Roma violó más adelante. Tanto los «documentos Prieuré» como fuentes independientes indican que la insurrección fracasó, pues el «príncipe Ursus» y sus partidarios fueron derrotados en una batalla librada cerca de Poitiers en 881. Se dice que para los Plantard este revés supuso la pérdida de sus posesiones en el sur de Francia, aunque conservaron la categoría, que ahora era puramente titular, de duques de Rhédae y condes de Razés. Se dice que el «príncipe Ursus» murió en Bretaña, a la vez que su linaje se aliaba matrimonialmente con la casa ducal bretona. En las postrimerías del siglo IX, pues, la sangre merovingia había penetrado tanto en el ducado de Bretaña como en el de Aquitania. En los años siguientes la familia —incluyendo a Alain, que más tarde sería duque de Bretaña— buscó refugio en Inglaterra, fundando una rama inglesa llamada «Planta». Autoridades independientes confirman, también en este caso, que Alain, su familia y su séquito huyeron de los vikingos y se trasladaron a Inglaterra. Según los «documentos Prieuré», un miembro de la rama inglesa de la familia, al que se da el nombre de Bera VI, era apodado «el Arquitecto». Se dice que él y sus descendientes, habiendo hallado refugio en Inglaterra bajo el rey Athelstan, practicaron «el arte de construir», lo que constituye una alusión aparentemente enigmática. Un detalle interesante es que fuentes masónicas datan el origen de la francmasonería en Inglaterra en el reinado del rey Athelstan.31 Nos preguntamos si la estirpe merovingia, además de su pretensión al trono francés, podía tener alguna relación con algo que estuviese en el corazón de la francmasonería. 242 243 La familia del Grial La Edad Media abunda en una mitología tan rica y resonante como las de la antigua Grecia y la antigua Roma. Parte de esta mitología, pese a la tremenda exageración de sus formas, se refiere a personajes históricos que existieron en realidad: el rey Arturo, Roland y Carlomagno, Rodrigo Díaz de Vivar, conocido popularmente por «El Cid». Otros mitos —como, por ejemplo, los relativos al Grial— parecen, a primera vista, descansar sobre una base más tenue. Entre los mitos medievales más populares y evocadores se cuenta el de Lohengrin, el «Caballero Cisne». Por un lado, está estrechamente relacionado con los fabulosos romances sobre el Grial; por otro, cita personajes históricos concretos. Puede que sea único por su mezcla de realidad y fantasía. Y mediante obras tales como la ópera de Wagner continúa teniendo un atractivo arquetípico incluso hoy día. Según las crónicas medievales, Lohengrin —-al que a veces llaman Helias, nombre que lleva connotaciones solares— era vastago de la elusiva y misteriosa «familia del Grial». En el poema de Wolfram von Eschenbach es, de hecho, el hijo de Parzival, el supremo «caballero del Grial». Se dice que un día, en el templo o castillo sagrado del Grial, en Munsalvaesche, Lohengrin oyó que la campana de la capilla tañía sin intervención de manos humanas: era la señal de que en alguna parte del mundo se necesitaba con urgencia su ayuda. Como era de esperar, quien la necesitaba era una damisela en apuros: la duquesa de Brabante,32 según algunas crónicas, la duquesa de Bouillon, según otras. La dama necesitaba desesperadamente un paladín y Lohengrin se apresuró a acudir en su ayuda en una embarcación de la que tiraban cisnes heráldicos. En singular combate derrotó al perseguidor de la duquesa, luego se casó con la dama. En las nupcias, sin embargo, pronunció una advertencia severa. Su esposa jamás debería preguntarle sobre sus orígenes o antepasados, sus antecedentes o el lugar de donde procedía. Y durante algunos años la dama obedeció la orden de su esposo. Al final, sin embargo, despertada su curiosidad por las insinuaciones difamatorias de los rivales de Lohengrin, se atrevió a formular la pregunta prohibida. En seguida se sintió Lohengrin obligado a partir y desapareció en el crepúsculo a bordo de su embarcación tirada por cisnes. Y tras de sí, con su esposa, dejó un hijo de linaje incierto. Según las diversas crónicas, este hijo fue o bien el padre o el abuelo de Godofredo de Bouillon. A la mente moderna le resulta difícil apreciar la magnitud de la categoría de Godofredo en la conciencia popular, no sólo en su propia época, sino mucho después, en el siglo xvii, por ejemplo. Hoy día cuando pensamos en las cruzadas nos acordamos de Ricardo Corazón de León, del rey Juan, quizá de Luis IX (san Luis) o de Federico Barbarroja. Pero hasta hace relativamente poco tiempo a ninguno de estos individuos se le atribuía el prestigio o los elogios de Godofredo. Éste, líder de la primera cruzada, era el héroe popular supremo, el héroe por excelencia. Fue Godofredo quien inauguró la cruzada. Fue Godofredo quien arrebató Jerusalén a los sarracenos. Fue Godofredo quien rescató el sepulcro de Cristo de manos infieles. Fue Godofredo quien, por encima de todos los demás, hizo compatibles, en la imaginación del pueblo, los ideales de las altas empresas caballerescas con la fervorosa piedad cristiana. No es extraño, pues, que Godofredo se convirtiera en objeto de un culto que perduró hasta mucho después de su muerte. 244 Dada esta categoría exaltada, es comprensible que se atribuyeran a Godofredo toda suerte de ilustres y míticas genealogías. Incluso es comprensible que Wolfram von Eschenbach, así como otros roman-ciers medievales, establecieran un vínculo directo entre él y el Grial, que lo presentasen como descendiente por línea directa de la misteriosa «familia del Grial». Y estas genealogías fabulosas resultan aún más comprensibles debido a que el verdadero linaje de Godofredo está poco claro. La historia sigue siendo incómodamente incierta en lo que se refiere a su estirpe.33 Los «documentos Prieuré» nos proporcionaron la genealogía más plausible —quizás, a decir verdad, la primera genealogía plausible— de Godofredo de Bouillon que ha salido a la luz hasta el momento. En la medida en que fue posible comprobar dicha genealogía —y pudimos comprobar gran parte de ella—, vimos que era exacta. No encontramos datos que la contradijeran y sí muchas cosas que la confirmaban; y cubría de forma convincente diversos huecos de la historia que nos habían llenado de perplejidad. Según la genealogía de los «documentos Prieuré», Godofredo de Bouillon —en virtud de su bisabuela, que casó con Hugues de Plantard en 1009— era descendiente por línea directa de la familia Plantard. Dicho de otro modo, Godofredo llevaba en sus venas sangre merovin-gia, descendía directamente de Dagoberto II, Sigisberto IV y el linaje de «reyes perdidos» merovingios: «les rois perdus». Parece ser que durante cuatro siglos la sangre real merovingia fluyó a través de nudosos y numerosos árboles genealógicos. Finalmente, mediante un proceso análogo a los injertos de vides en la viticultura, parece que dio fruto. Y el fruto fue Godofredo de Bouillon, duque de Lorena. Y aquí, en la casa de Lorena, estableció un nuevo patrimonio. Esta revelación arrojó una luz nueva y significativa sobre las cruzadas. Ahora podíamos ver las cruzadas desde una nueva perspectiva, y discernir en ellas algo más que el gesto simbólico de arrebatar el sepulcro de Cristo a los sarracenos. Ante sus propios ojos, así como ante los de sus seguidores, Godofredo sería más que duque de Lorena. De hecho, sería un rey legítimo, un pretendiente legítimo de la dinastía depuesta con Dagoberto II en 679. Pero, si Godofredo era un rey legítimo, era también un rey sin reino; y la dinastía Capeta de Francia, apoyada por la Iglesia de Roma, estaba a la sazón demasiado consolidada para que fuese posible destronarla. ¿Qué se puede hacer si se es rey y no se tiene reino? Quizá buscar un reino. O crearlo. El reino más precioso de todo el mundo: Palestina, la Tierra Santa, el suelo que pisara el mismísimo Jesús. ¿Acaso el gobernante de semejante reino no sería comparable a cualquier otro de Europa? ¿Y acaso, al presidir el más sagrado de los lugares de la Tierra, no se cobraría una dulce venganza de la Iglesia que traicionara a sus antepasados cuatro siglos antes? El misterio elusivo Poco a poco ciertas piezas del rompecabezas empezaban a encajar. Si Godofredo llevaba sangre merovingia, diversos fragmentos que en apariencia eran inconexos dejaban de serlo y adquirían una continuidad coherente. De esta manera pudimos explicarnos la importancia que se daba a elementos aparentemente tan dispares como la dinastía merovingia y las cruzadas, Dagoberto II y Godofredo, Rennes-le-Cháteau, los caballeros templarios, la casa de Lorena, la Prieuré de Sion. Incluso podíamos seguir las estirpes merovingias hasta nuestros días: hasta Alain Poner, hasta Henri de Montpézat (consorte de la reina de Dinamarca), hasta Pierre Plantard de Saint-Clair, hasta Otto von Habsburg, duque titular de Lorena y rey de Jerusalén. Y, sin embargo, la cuestión verdaderamente crucial seguía eludiéndonos. Aún no acertábamos a ver por qué la estirpe merovingia tenía que ser tan inexplicablemente importante hoy día. No alcanzábamos a comprender por qué sus pretensiones tenían importancia en el mundo contemporáneo ni por qué habían contado con la lealtad de tantos hombres distinguidos a lo largo de los siglos. Seguíamos sin ver por qué una moderna monarquía merovingia, por muy legítima que pudiera ser desde el punto de vista teórico, justificaba un respaldo tan apremiante. Era obvio que algo se nos estaba pasando por alto. 245 246 10 La tribu exiliada ¿Era posible que hubiese algo especial en la estirpe merovingia, algo más que una legitimidad académica, técnica? ¿Podía realmente haber algo que, de algún modo, tuviese verdadera importancia para personas de nuestro tiempo? ¿Podía tratarse de algo que tal vez afectara, quizás incluso cambiara, las instituciones sociales, políticas o religiosas de hoy? Estas preguntas seguían importunándonos. Y, pese a ello, de momento no parecían tener respuesta.


Una vez más examinamos minuciosamente la recopilación de «documentos Prieuré» y, especialmente, los importantísimos Dossiers Secrets. Volvimos a leer pasajes que antes no nos habían dicho nada. Ahora les encontramos sentido, pero no explicaban el misterio, ni respondían a las preguntas que ya eran críticas. Por otro lado, había otros pasajes cuya pertinencia seguíamos sin ver con claridad. En modo alguno podíamos decir que estos pasajes resolvieran el enigma; pero, cuando menos, nos hicieron pensar de acuerdo con ciertas pautas, unas pautas que lnego veríamos que tenían una importancia primordial. Ya habíamos averiguado que los merovingios, según sus propios cronistas, pretendían ser descendientes de la antigua Troya. Pero, según ciertos «documentos Prieuré», el árbol genealógico merovingio era más antiguo que el sitio de Troya. Según ciertos «documentos Prieuré», era posible que, de hecho, el árbol genealógico de los merovingios se remontase al Antiguo Testamento. Entre las genealogías de los Dossiers Secrets, por ejemplo, había numerosas notas a pie de página y anotaciones. Muchas de éstas se referían específicamente a una de las doce tribus de la antigua Israel, la tribu de Benjamín. Una de tales referencias cita, y pone de relieve, tres pasajes bíblicos: Deuteronomio 33, Josué 18 y Jueces 20 y 21. Deuteronomio 33 contiene la bendición que dio Moisés a los patriarcas de cada una de las doce tribus. De Benjamín dice Moisés: «El amado de Jehová habitará confiado cerca de él; lo cubrirá siempre, y entre sus hombros morará» (33, 12). Dicho de otro modo, a Benjamín y sus descendientes se les hizo objeto de una bendición muy especial y exaltada. Eso, cuando menos, estaba claro. Nos sorprendió, ni que decir tiene, la promesa de que el Señor moraría «entre los hombros de Benjamín». ¿Debíamos relacionar dicha promesa con la legendaria mancha de nacimiento de los merovingios? Es decir, con la cruz roja entre los hombros. La relación se nos antojó un tanto rebuscada. Por otro lado, había otras similitudes más claras entre Benjamín en el Antiguo Testamento y el tema de nuestra investigación. Según Robert Graves, por ejemplo, el día sagrado para Benjamín era el 23 de diciembre:1 el día de san Dagoberto. Entre los tres clanes que integraban la tribu de Benjamín estaba el clan de Ahiram, lo que podría ser una referencia oscura a Hiram, constructor del templo de Salomón y figura central de la tradición masónica. Además, el discípulo más devoto de Hiram se llamaba Benoni; y Benoni, detalle interesante, era el nombre conferido en principio al infante Benjamín por su madre, Rachel, antes de morir. La segunda referencia bíblica de los Dossiers Secrets, la de Josué 18, es bastante más clara.



Trata de la llegada del pueblo de Moisés a la Tierra Prometida y de la asignación a cada una de las doce tribus de determinadas extensiones de territorio. En virtud de esta asignación, el 247 territorio de la tribu de Benjamín incluía lo que posteriormente sería la ciudad sagrada de Jerusalén. Dicho de otro modo, Jerusalén, incluso antes de ser la capital de David y Salomón, era el patrimonio señalado de la tribu de Benjamín. Según Josué 18, 28, el patrimonio de los benjamitas abarcaba «Zela, Blej y Jebús», lo que representa Jerusalén, Gabaa y Quiriat; catorce ciudades con sus poblados. Este es el patrimonio de los hijos de Benjamín según sus familias. El tercer pasaje bíblico que se cita en los Dossiers Secrets lleva aparejada una secuencia de acontecimientos bastante compleja. Un levita que viaja por territorio benjamita es asaltado y su concubina es violada por adoradores de Belial, que es una variante de la Diosa Madre sumeria, conocida por Istar por los babilonios y por Astarté por los fenicios. Llamando como testigos a representantes de las doce tribus, el levita exige venganza por la atrocidad; y, reunidos en consejo, los benjamitas reciben instrucciones en el sentido de que entreguen a los malhechores a la justicia. Cabría esperar que los benjamitas cumpliesen rápidamente tales instrucciones. Sin embargo, por alguna razón no lo hacen y se comprometen a proteger a los «hijos de Belial» por la fuerza de las armas. El resultado es una guerra encarnizada y sangrienta entre los benjamitas y las once tribus restantes. En el curso de las hostilidades estas últimas lanzan una maldición contra cualquier hombre que dé su hija a un benjamita. Sin embargo, al terminar la guerra, virtualmente exterminados los benjamitas, los victoriosos israelitas se arrepienten de su maldición, aunque es imposible retirarla: Los varones de Israel habían jurado en Mizpa, diciendo: Ninguno de nosotros dará su hija a los de Benjamín por mujer. Y vino el pueblo a la casa de Dios, y se estuvieron allí hasta la noche en presencia de Dios; y alzando su voz hicieron gran llanto, y dijeron: Oh Jehová Dios de Israel, ¿por qué ha sucedido esto en Israel, que falte hoy de Israel una tribu? (Jueces, 21, 1- 3). Unos versículos más adelante, se repite el lamento: Y los hijos de Israel se arrepintieron a causa de Benjamín su hermano, y dijeron: Cortada es hoy de Israel una tribu. ¿Qué haremos en cuanto a mujeres para los que han quedado? Nosotros hemos jurado por Jehová que no les daremos nuestras hijas por mujeres. (Jueces, 21,6-7). Y otra vez: Y el pueblo tuvo compasión de Benjamín, porque Jehová había abierto una brecha entre las tribus de Israel. Entonces los ancianos de la congregación dijeron: ¿Qué haremos respecto de mujeres para los que han quedado? Porque fueron muertas las mujeres de Benjamín. Y dijeron: Tenga Benjamín herencia en los que han escapado, y no sea exterminada una tribu de Israel. Pero nosotros no les podemos dar mujeres de nuestras hijas, porque los hijos de Israel han jurado diciendo: Maldito el que diere mujer a los benjamitas. (Jueces, 21,15-18). Ante la posible extinción de una tribu entera, los ancianos se apresuran a idear una solución. En Silo, en Bet-el, debe celebrarse una fiesta dentro de poco; y a las mujeres de Silo —cuyos hombres habían permanecido neutrales en la guerra— hay que considerarlas «presa legítima». Los benjamitas supervivientes reciben instrucciones de ir a Silo y esperar escondidos en los viñedos. Cuando las mujeres de la ciudad se congreguen para bailar en la fiesta, los benjamitas saltarán sobre ellas y las tomarán por esposas 248 No está nada claro por qué los Dossiers Secrets insisten en llamar la atención sobre este pasaje. Pero, sea cual fuere la razón, los benjamitas, en lo que se refiere a la historia bíblica, son claramente importantes. A pesar de la devastación ocasionada por la guerra, rápidamente recuperan su prestigio, si no su número. A decir verdad, se recuperan tan bien que en Samuel 1 proporcionan a Israel su primer rey, Saúl. Sin embargo, sea cual sea la recuperación que hayan logrado los benjamitas, los Dossiers Secrets dan a entender que la guerra en torno a los seguidores de Belial fue un momento crítico y crucial. Diríase que, a raíz de este conflicto, muchos, si no la mayoría de los benjamitas se exiliaron.


Así, en los Dossiers Secrets hay una nota solemne escrita con letras mayúsculas: UN DÍA LOS DESCENDIENTES DE BENJAMÍN ABANDONARON SU PAÍS; CIERTOS SE QUEDARON; DOS MIL AÑOS MÁS TARDE GODOFREDO VI [DE BOUILLON] SE CONVIRTIÓ EN REY DE JERUSALÉN Y FUNDÓ LA ORDEN DE SION.2 Al principio no vimos ninguna relación entre estos aparentes non sequiturs. No obstante, cuando reunimos las referencias diversas y fragmentarias de los Dossiers Secrets, empezó a cobrar forma una historia coherente. Según esta crónica, la mayoría de los benjamitas se exilió. Se supone que fueron a Grecia, al Peloponeso central: a la Arcadia, en suma, donde supuestamente se alinearon con la estirpe real arcádica. Se dice que, cercano ya el advenimiento de la era cristiana, emigraron y subieron por el Danubio y el Rhin, mezclándose matrimonialmente con ciertas tribus teutónicas hasta que finalmente engendraron a los francos sicambros: los antepasados inmediatos de los merovingios. Así pues, según los «documentos Prieuré», los merovingios descendían, a través de la Arcadia, de la tribu de Benjamín. Dicho de otra manera, los merovingios, así como sus descendientes —las estirpes Plantard y Lorena, por ejemplo— eran en esencia de origen semítico o israelita. Y si Jerusalén era verdaderamente el patrimonio hereditario de los benjamitas, Godofredo de Bouillon, al marchar sobre la Ciudad Santa, de hecho reclamó su patrimonio antiguo y legítimo. Además, es significativo que Godofredo fuese el único de los augustos príncipes europeos que participaron en la primera cruzada que se despojó de todas sus propiedades antes de ponerse en marcha, lo cual daba a entender que no pensaba regresara Europa. Ni que decir tiene, nosotros no temamos manera de comprobar si los merovingios eran de origen benjamita o no. La información que había en los «documentos Prieuré» se refería a un pasado demasiado remoto, demasiado oscuro, sobre el cual no existían confirmación ni testimonios de ninguna clase. Pero las afirmaciones no eran especialmente únicas ni nuevas. Al contrario, venían circulando desde hacía mucho tiempo en forma de rumores vagos y tradiciones nebulosas. Para citar un solo ejemplo, Proust las utiliza en su obra; y más recientemente el novelista Jean d'Ormesson sugiere que ciertas familias de la nobleza francesa son de origen judaico. Y en 1965 Roger Peyre-fitte, a quien parece ser que le gusta escandalizar a sus compatriotas, causó sensación con una novela en la que señalaba el origen esencialmente judaico de toda la nobleza de Francia y de la mayor parte de la de Europa. De hecho, el argumento, pese a ser indemostrable, no es del todo inverosímil, 249 250 como tampoco lo son el exilio y la migración que los «documentos Prieuré» atribuyen a la tribu de Benjamín. Esta tribu se alzó en armas para defender a los seguidores de Belial, que es una forma de Diosa Madre que a menudo se asocia con imágenes de un toro o ternero. Hay motivos para creer que los propios benjamitas veneraban a la misma deidad.



De hecho, es posible que el culto del Becerro de Oro que se cita en el Éxodo —tema, significativamente, de uno de los cuadros más famosos de Poussin— fuese un ritual específicamente benjamita. Después de su guerra contra las otras once tribus de Israel, los benjamitas, al huir, forzosamente tendrían que dirigirse hacia el oeste, es decir, hacia la costa fenicia. Los fenicios poseían naves capaces de transportar grandes números de refugiados. Y eran aliados obvios de los benjamitas fugitivos, porque también los fenicios adoraban a la Diosa Madre encarnada por Astarté, reina del cielo. Si hubo realmente un éxodo de benjamitas desde Palestina cabía albergar la esperanza de dar con algún testimonio del mismo. Lo encontramos en la mitología griega. Existe la leyenda del hijo del rey Belus, un tal Danaus, que llega en barco a Grecia, acompañado por sus hijas. Se dice que éstas introdujeron el culto a la Diosa Madre, que pasó a ser el culto oficial de los arcadios. Según Robert Graves, el mito de Danaus registra la llegada al Peloponeso de «colonos procedentes de Palestina».3 Graves afirma que el rey Belus es en realidad Baal o Bel o quizás el Belial del Antiguo Testamento. También es digno de tenerse en cuenta que uno de los clanes de la tribu de Benjamín era el clan de Bela. En la Arcadia el culto a la Diosa Madre no sólo prosperó, sino que duró más tiempo que en cualquier otra parte de Grecia. Quedó asociado al culto de Deméter, luego Diana o Artemisa. Ésta, conocida en la región por Arduina, pasó a ser la deidad tutelar de las Ardenas; y fue de las Ardenas de donde salieron por primera vez los francos sicambros para penetrar en lo que ahora es Francia. El tótem de Artemisa era la osa: Kallisto, cuyo hijo era Arkas, el niño oso y patrón de la Arcadia. Y Kallisto, transportado a los cielos por Artemisa, se transformó en la constelación Ursa Major, es decir, la Osa Mayor. Cabe pues, que haya algo más que coincidencia en el apellido «Ursus» que repetidamente se aplica a la estirpe merovingia. En todo caso, hay otros datos, aparte de la mitología, que inducen a pensar que hubo una migración judaica a la Arcadia. En los tiempos clásicos la región conocida por la Arcadia era gobernada por el poderoso y militarista estado de Esparta. Los espartanos absorbieron gran parte de la cultura arcádica, que era más antigua; y, desde luego, el legendario Liceo Arcádico puede en realidad identificarse con Licurgo, que codificó la ley espartana. Al llegar a la edad viril, los espartanos, al igual que los merovingios, atribuían un significado especial y mágico a su cabello y, también al igual que los merovingios, lo llevaban largo. Según una autoridad, «la longitud del cabello denotaba su vigor físico y se convirtió en un símbolo sagrado».4 Lo que es más: ambos libros de los Macabeos en la Apócrifa recalcan el vínculo entre los espartanos y los judíos. Macabeos 2 habla de que ciertos judíos se habían «embarcado para ir a los lacedemonios, con la esperanza de encontrar protección allí debido a su parentesco».5 Y Macabeos 1 afirma explícitamente: «Se ha encontrado en escritos referentes a los espartanos y a los judíos que son hermanos y son de la familia de Abraham». 251 Así pues, cabría reconocer cuando menos la posibilidad de una migración judaica a la Arcadia, por lo que los «documentos Prieu-ré», si no podía probarse que eran correctos, tampoco podían descartarse. En cuanto a la influencia semítica en la cultura franca, había sólidas pruebas arqueológicas. Rutas comerciales fenicias o semíticas atravesaban todo el sur de Francia, desde Burdeos hasta Marsella y Narbona. También remontaban el curso del Rhin. Ya en el período 700-600 a. de. C. había asentamientos fenicios en Francia, no sólo a lo largo de la costa, sino también en el interior, en lugares como Carcasona y Toulouse. Entre los artefactos hallados en estos sitios había muchos de origen semítico. Lo cual no es nada extraño. En el siglo IX a. de C. los reyes fenicios de Tiro se habían aliado matrimonialmente con los reyes de Israel y Judá, instaurando así una alianza dinástica que engendraría un contacto estrecho entre sus respectivos pueblos. El saqueo de Jerusalén en el año 70 de nuestra era, así como la destrucción del templo, provocó un éxodo masivo de judíos de Tierra Santa. Así, en la ciudad de Pompeya, destruida por la erupción del Vesubio en 79 d. de C, había una comunidad judía. Ciertas ciudades del sur de Francia —por ejemplo, Arles, Lunel y Narbona— fueron un refugio para los judíos fugitivos más o menos en aquella misma época. Y, pese a todo, la llegada de pueblos judaicos a Europa, y especialmente a Francia, era anterior a la caída de Jerusalén en el siglo I. De hecho, había comenzado antes de la era cristiana. Entre 106 y 48 a. de C. una colonia judía se estableció en Roma. No mucho tiempo después se fundó otra colonia a orillas del curso alto del Rhin, en Colonia. En ciertas legiones romanas se encuadraban contingentes de esclavos judíos, los cuales acompañaban a sus amos por toda Europa. Con el tiempo, muchos de estos esclavos ganaban, compraban u obtenían de otro modo su libertad y formaban comunidades. Por consiguiente, hay muchos topónimos específicamente semíticos esparcidos por toda Francia.


Algunos de ellos se encuentran de lleno en lo que era el antiguo país de los merovingios. A pocos kilómetros de Stenay, por ejemplo, al borde del bosque de Woevres, donde fue asesinado Dagoberto, hay un pueblo llamado Baalon. Entre Stenay y Orval se alza una ciudad llamada Avioth. Y la montaña de Sión en Lorena —«la colline inspirée»— se llamaba originalmente Mount Semita.7 Así pues, aunque no podíamos probar lo que decían los «documentos Prieuré», tampoco podemos descartarlos. Ciertamente, había suficientes pruebas como para considerar que, como mínimo, eran plausibles. Tuvimos que reconocer que dichos documentos podían ser correctos, que los merovingios y las diversas familias de la nobleza que descendían de ellos quizás habían surgido de fuentes semíticas. Pero nos preguntamos si esto sería realmente todo. ¿Sería éste el secreto portentoso que había dado pie a tantas complicaciones e intrigas, a tantas maquinaciones y misterios, a tantas controversias y conflictos a lo largo de los siglos? ¿Nada más que otra leyenda sobre una tribu perdida? Y aunque no fuese leyenda, sino un hecho verdadero, ¿podía realmente explicar la motivación de la Prieuré de Sion y la pretensión de la dinastía merovingia? ¿Podía realmente explicar la adhesión de hombres como Leonardo y Newton o las actividades de las casas de Guisa y Lorena, los esfuerzos secretos de la Compagnie du Saint-Sacrement, los secretos elusivos de la francmasonería «de rito escocés»? Es obvio que no. ¿Por qué el hecho de descender de la tribu de Benjamín constituiría un secreto tan explosivo? ¿De qué manera podía clarificar las actividades y objetivos de la Prieuré de Sion en nuestros días? Además, si nuestra investigación afectaba a intereses creados que eran claramente semíticos o judaicos, ¿por qué nos encontrábamos con tantos componentes que eran específicamente, incluso fervorosamente cristianos? El pacto entre Clodoveo y la Iglesia de Roma, por ejemplo; el cristianismo declarado de Godofredo de Bouillon y la conquista de Jerusalén; el pensamiento, quizás herético pero no por ello menos cristiano, de los cátaros y los caballeros del Temple; instituciones pías como la Compagnie du Saint-Sacrement; una francmasonería que era «hermética, aristocrática y cristiana», y la implicación de tantos eclesiásticos cristianos, desde encumbrados príncipes de la Iglesia hasta curas de pueblo como Boudet y Sauniére. Podía ser que, en esencia, los merovingios fuesen de origen judaico, pero, suponiendo que esto fuese cierto, a nosotros nos parecía esencialmente incidental. Fuere cual fuese el verdadero secreto que había debajo de nuestra investigación, daba la impresión de estar inextricablemente ligado, no al judaismo del Antiguo Testamento, sino al cristianismo. En pocas palabras, la tribu de Benjamín —al menos por el momento— parecía ser una cortina de humo. Por importante que pudiera ser, el asunto llevaba aparejado algo que aún lo era más. Seguía habiendo algo que nos estábamos pasando por alto. 252

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